SERAN PESCADORES DE HOMBRES

Las lecturas de hoy nos presentan al profeta Isaías, al apóstol Pedro y, al gran misionero que fue San Pablo. Tres personas como cualquiera de nosotros, pero que, al ser elegidos por Jesús se convirtieron en profetas y evangelizadores sumamente importantes.

 

Estos apóstoles fueron escogidos y llamados por el Señor. “Aquí estoy, Señor, envíame”, respondió Isaías, a quien contemplamos en la Primera Lectura (Is. 6, 1-8). En el Evangelio vemos a Pedro, acompañado de Santiago y Juan, a quienes Jesús les dijo: “Desde hoy serás pescador de hombres”. Dice el evangelio que “llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, Pedro, Santiago y Juan siguieron al Señor” (Lc. 5, 1-11).

La Segunda Lectura nos presenta a Pablo. Y recordamos la lectura del día que celebramos su conversión (25 de enero) cuando, respondiendo a la luz y la voz que oye en el camino a Damasco, pregunta: “¿Qué debo hacer, Señor?” (Hech. 22, 3-16). En los relatos del llamado que Dios les hace, podemos apreciar cómo el Señor se manifiesta a cada uno de estos hombres por él escogidos. Y se manifiesta en forma poderosa, impresionante, convincente.

Hoy la palabra de Dios nos invita a que nosotros subamos también a la barca y lancemos las redes en nombre de Cristo, ya que también nosotros somos partícipes en la tarea de anunciar y testimoniar el evangelio del Reino, aún con todos los riesgos que eso puede traer consigo

El llamado de Isaías

Al Profeta Isaías se le presenta Dios en una visión que lo deja estupefacto. En breves momentos de intimidad con Dios, Isaías puede apreciar la santidad y el poder de Dios. Ni siquiera puede describir a Yahvé, porque sólo ve que “la orla de su manto llenaba todo el Templo”.

Queda Isaías invadido de un temor que no es miedo: es el respeto a Dios que se manifiesta y que abruma a la creatura cuando se encuentra ante su Creador. Y en esa diferencia abismal que separa a ambos, la creatura siente su nada, su indignidad, su impureza.

Cuando el Señor pregunta a Isaías, “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?”, Isaías no duda y enseguida responde: “Aquí estoy, Señor. Envíame”.

El profeta se ofrece como mensajero de Dios, sin saber a qué ni a dónde lo va a mandar. Este relato es una exhortación a la disponibilidad absoluta ante el llamado que Dios nos hace a través de la realidad en la cual estamos sumergidos.

Cuando Dios llama, no hay pretexto para decir no. Ni siquiera la propia indignidad o supuesta incapacidad pueden ser excusas. Porque si Dios llama, prepara a sus enviados con todo lo necesario para la misión encomendada.

El llamado de los Apóstoles.

Dice el Evangelio que Jesús se acercó a la barca de Pedro, quien estaba en la orilla limpiando las redes, se subió y sentándose enseñaba a la muchedumbre desde allí. El Señor empieza pidiendo un favor a Simón, para enseñar a la gente con más comodidad. Vendrá luego la pesca milagrosa y la petición de Jesús a Pedro para que sea pescador de hombres.

Dice el evangelio que cuando Jesús terminó de hablar dijo a Simón: Naveguen mar adentro y echen las redes. Aquí comienza realmente la acción del Señor sobre sus discípulos. Les manda simplemente internarse en el mar y echar las redes. Pensemos que muchas veces nos pide lo mismo a nosotros.

 

Responder con fe y generosidad

Para nosotros, ir mar adentro, implica dejar de lado nuestras “seguridades”, nuestro “lugar”, para abrirnos a otros caminos, que el Señor va a señalarnos. Para nosotros, al igual que para Pedro y los suyos, ir mar adentro, es un acto de fe. Pedro opone una leve resistencia para ir mar adentro y echar las redes. Sin embargo, hace lo que Jesús le dice. Es importante confiar en Jesús, aunque no entendamos las cosas. Esta fe de Pedro fue necesaria para que Jesús lo llamara a una gran misión.  

Como Pedro hemos experimentado que por nuestra propia cuenta no pescamos nada, pero si confiamos en Dios, el Señor puede hacer que nuestra vida sea significativa, transformadora y generadora de salvación. Allí donde no llegamos con nuestras propias fuerzas, él puede llegar a través de nosotros.

Apártate de mí que soy un pecador

Cuando Pedro contempla la manifestación de Dios en esta abundante pesca, se postra y le dice Jesús: Aléjate de mi Señor porque soy un pecador. Cuando en nuestras vidas Dios se manifiesta, experimentamos nuestra pequeñez, nuestras limitaciones. En esa situación el Señor invitó a Pedro a que lo siguiera, pues estaba preparado para dejar todo y seguir al Señor.

Los cristianos navegamos en la barca de Pedro y estamos llamados a ser pescadores de hombres. Pero poco o nada vamos a conseguir sin la ayuda del Señor. Por eso nosotros tenemos que decirle a Jesús como Pedro: en tu nombre, Señor, echaremos las redes.

No tengas miedo

Nuestras limitaciones nos van a tentar muchas veces a retirarnos de la barca y de la tarea, o a echarnos a la hamaca en esa misma barca, pero tenemos que oír la voz fuerte y suave al mismo tiempo de Jesús, que nos dice: no tengan miedo. Yo estoy con ustedes. Cada uno de nosotros, tenemos que empezar a ser pescadores de hombres. Pescar, significa motivar, llamar, impulsar.

Al ver la manifestación del poder de Dios, a Pedro le sucede como a Isaías: se reconoce pecador e indigno y siente ese temor reverencial, que no es miedo, sino la experiencia de la pequeñez del hombre ante la grandeza de Dios.

Pero el Señor le dice con palabras suaves y a la vez palabras llenas de sabiduría: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres”. Y nos cuenta el Evangelio que llevaron las barcas a tierra y Pedro, Santiago y Juan, dejando todo, lo siguieron. Ahí inició ya formalmente el seguir al Señor, quien los llamó sí para que estuvieran con él, pero también para enviarlos a evangelizar.

A San Pablo le sucede lo mismo, cuando de camino a Damasco para perseguir cristianos, la luz divina lo tumbó del caballo y lo dejó ciego. Su sentimiento de indignidad lo resume en la Segunda Lectura: “Finalmente se me apareció también a mí, que soy como un aborto. Porque yo perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol” (1ª Cor. 15, 1-11).

Aunque indignos, Isaías, Pedro, Pablo y muchos más fueron escogidos por Dios. ¡Todos somos indignos, todos somos incapaces! Pero cuando Dios llama, El mismo purifica, prepara y capacita al escogido para la misión que le encomienda. Y San Pablo nos explica con claridad lo que sucede: es Dios el que obra en quien ha llamado. “Por gracia de Dios soy lo que soy, he trabajado, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios”.

JSN Megazine template designed by JoomlaShine.com