En este cuarto domingo del Tiempo Ordinario, el Espíritu Santo, por medio de San Pablo, nos habla hoy del amor, como el valor que hemos de vivir en las relaciones humanas, ya que tiene su fundamento en el amor de Jesucristo:

 

Jesús nos enseña que todo lo que hagamos por uno de nuestros hermanos, lo hacemos por él. Con ello, Jesús nos hace descubrir a Dios en nuestro prójimo. Nos enseña a conocer que todos somos hijos del mismo Padre y, por ello mismo, todos somos hermanos entre nosotros.

La virtud de la caridad nos acerca profundamente al prójimo, porque no es simplemente un acto humanitario. Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, ni con la simple camaradería. Es convivir con el prójimo, reconocer la imagen de Dios que hay en cada ser humano.

El amor, un mandamiento nuevo

Jesús dio un contenido nuevo y más alto al amor al prójimo, señalándolo como el Mandamiento Nuevo, y como el distintivo de los cristianos. Jesús nos dice «amen como yo los he amado». Es el amor divino la medida del amor que debemos tener para amar a los demás. Por supuesto que se trata también de un amor profundamente humano, aunque enriquecido por la gracia de Dios.

Sin el amor, la vida se queda vacía. La predicación más elocuente y todas las obras que pudieran darse, serían como un sonido de campana que se apaga al instante, si no estuvieran precedidas por el amor.

Muchos de los escribas y doctores sabían mucho más de Dios que los discípulos que acompañaban a Jesús, pero su ciencia quedó sin dar frutos porque no entendieron lo fundamental: no se dieron cuenta de la presencia del Mesías en medio de ellos, y no pudieron o no quisieron entender su mensaje de cercanía y comprensión, de respeto y de amor.

Solamente la caridad, el verdadero amor a Dios y al prójimo por Dios, nos prepara para entender las enseñanzas de Jesús. San Juan dice que «el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor».

San Pablo nos enseña las cualidades que adornan la caridad.

Nos dice en primer lugar que el amor es paciente con los demás. Para hacer el bien, tenemos que saber primero soportar el mal, renunciando al mal humor. La caridad necesita frecuentemente de la paciencia, para sobrellevar con serenidad los defectos y el mal carácter de los que tratamos.

San Pablo nos dice también que la caridad es benigna, es decir que está dispuesta a hacer el bien a todos. Nos dice que la caridad no es envidiosa, pues mientras la envidia se entristece del bien ajeno, la caridad se alegra de ese mismo bien.

De la envidia nacen muchos defectos como la murmuración, el gozar en los males ajenos y afligiese de su prosperidad. Santo Tomás dice que la envidia es la madre del odio.

La caridad no obra con soberbia ni es jactanciosa. Muchas de las tentaciones contra la caridad se resumen en actitudes de soberbia hacia nuestro prójimo, pues solo en la medida que nos olvidamos de nosotros mismos podemos atender y preocuparnos de los demás. Sin humildad no puede existir ninguna otra virtud, y especialmente no puede haber amor.

La caridad no es ambiciosa, no busca lo suyo. La caridad no pide nada para uno mismo; da sin calcular ni reclamar ninguna retribución. No solo no es ambiciosa con un deseo desmesurado de ganancia, sino que ni siquiera busca lo suyo: busca a Jesús.

 

La caridad no toma en cuenta el mal, no guarda ofensas personales, todo lo excusa.

En el Evangelio de hoy, en Lucas, leemos que cuando Jesús fue a la sinagoga de Nazareth, muchos no creyeron en él. En otras ciudades hubo fe en Jesús, en Nazareth, poca o casi nada.

Cuando Jesús terminó de leer y explicar el texto de Isaías ¨El Espíritu del Señor está sobre mí. Jesús se aplica esa escritura a él mismo. Dijo: Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy. Todos se admiraron, pero también decían: ¿No es éste el hijo de José?

Podemos contemplar hoy el interior de los que decían esto. En ellos hay rechazo a Jesús, falta de fe, porque no podían creer que alguien que era bien conocido de ellos, el hijo del carpintero del pueblo, pudiera decir y hacer las cosas que Jesús decía y decían que hacía.

Frente a ese escepticismo de los suyos, Jesús reacciona con firmeza y hasta con severidad. Responde con un viejo proverbio que decía: Un profeta no es aceptado en su patria, y un médico no hace curaciones sobre aquellos que lo conocen.

Jesús se autodenomina aquí profeta.

Y para ilustrar el refrán Jesús menciona dos ejemplos de profetas que fueron rechazados por Israel y aceptados por los extranjeros adoradores de otros dioses.

Entre ellos sí pudieron hacer milagros. Antes estas palabras provocativas a su nacionalismo religioso, los judíos de Nazareth reaccionaron intentando matar a Jesús. No lo consiguieron, porque Jesús, pasando en medio de ellos continuo su camino. Todavía no era el momento.

Jesús no se echa para atrás antes las dificultades con sus paisanos, simplemente acentúa aún más las contradicciones y después pasando en medio de ellos se marcha.

En el Nazareth, de la época de Jesús, mucha gente pensó que no tenía nada que aprender de su compatriota, pobre y sin títulos. En todo caso, podía aprovecharse de él si hacía los milagros que decían que hacía. Pero que no venga a traer ninguna idea que cambie los esquemas.

Y nosotros, ¿qué actitud tenemos ante Jesús?

De los nazarenos a nuestros días, no hemos cambiado mucho en esta postura tan humana: resistir al cambio y manejarnos con esquemas que convienen a nuestra pereza y a nuestros intereses.

Para muchos judíos Jesús fue un estorbo y un mal ejemplo que había que eliminar. Como profeta de Dios, Jesús instaló en la sociedad un debate, trayendo ideas nuevas y un proyecto nuevo.

Esta es la misión profética que siempre debe estar presente en la comunidad de fe, que debe aceptar los conflictos y dificultades.

Rechazaron a Jesús porque eran orgullosos.

El evangelio de hoy nos hace reflexionar sobre el rechazo que Jesús recibió de los suyos. Y es que la gente mediocre se deja deslumbrar por extraños, pero se niega a que uno de su grupo destaque o sobresalga.

Rechazaron a Jesús porque eran egoístas: hay gente que no acepta que los beneficios de Dios sean también para los demás.

Orgullo y egoísmo: dos realidades que debemos hacer a un lado. Sólo así los tiempos nuevos y la salvación de Dios serán reales en nuestras vidas.

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