La primera lectura de este domingo (3 Ord. Neh. 8, 2-10) nos presenta lo que fue la primera lectura pública de la Ley. Hasta entonces, el pueblo de Israel, hacía rezos, y participaba de las ceremonias del templo de Jerusalén, pero no sentía la necesidad de leer la Palabra de Dios.

 

Estamos hablando del año 430 a.C., época en que ya existían varios libros de la Biblia, pero se conservaban en el Templo, no estaban al alcance del Pueblo. A partir de esos hechos, comienza una nueva etapa en que la Biblia será el libro de todos y la norma de su fe.

En esta lectura del libro de Nehemías, se muestra la asamblea convocada por Esdras como modelo para la vida religiosa de la comunidad judía. Se describe el lugar, la actitud del pueblo, el modo de leer y explicar las escrituras. No se suprime el culto solemne en el Templo de Jerusalén, pero en adelante, en cada ciudad, los judíos tendrán una sinagoga, esto es, un lugar donde se reunirán el sábado para escuchar la palabra de Dios y cantar los salmos

Después del concilio Vaticano II la Iglesia tomó conciencia de la necesidad de que todos los cristianos acudamos a la Palabra de Dios, que la leamos y la escuchemos en comunidad, pero que podamos leerla también personalmente. Por eso es bueno, que no falte en nuestros hogares una Biblia para que nos ayude a alimentar nuestra fe, con la lectura y la profundización de la Palabra de Dios.

Hoy se cumple este pasaje de la Escritura

El Evangelio de San Lucas que hoy propone la Iglesia para nuestra meditación, nos presenta el pasaje de la sinagoga de Nazaret y nos muestra que en Jesús se cumplieron las profecías antiguas y Jesús siguió las tradiciones religiosas de su pueblo. Sin duda Jesús había entrado en esa sinagoga muchas veces durante su infancia y adolescencia para escuchar la Palabra y para orar junto con la comunidad de creyentes. Pero ahora entra también para hacerse oír, para pronunciar su palabra, porque él es la Palabra.

Contemplamos al Señor que va a la sinagoga como maestro y con sencillez lee el trozo de Isaías. Los oyentes esperaban una explicación tradicional del texto, algo a lo que ya estaban acostumbrados: escuchar la Palabra y la explicación de esta para alimentar su fe, pero les fue dada una explicación totalmente distinta. Jesús aplicó el texto a sí mismo. Esta Escritura, que acaban de escuchar se ha cumplido hoy. Y dice san Lucas que Jesús, guiado por la fuerza del Espíritu, volvió a Galilea para anunciar la Buena Nueva a los pobres.

Pobres de espíritu para escuchar la Palabra

Si no somos pobres de espíritu no somos aptos para el Evangelio, porque de la pobreza sale la humildad y sólo el humilde puede escuchar realmente a Dios y sintonizar con él. Jesús se proclama el liberador de los cautivos, y nosotros, frecuentemente somos cautivos de muchas cosas: intereses materiales, egoísmo, miedos o situaciones negativas. 

Pero, sobre todo, somos cautivos de nuestra soberbia, de nuestro orgullo. Con la fe de Cristo, podemos encontrar la libertad de los hijos de Dios. Jesús nos da la vista como la dio a los ciegos. La visión profunda de la fe, la iluminación interior que nos permite ver la verdad de las cosas y fortalece nuestra voluntad para optar por el bien.

Nos dice el Evangelio que Jesús, habiendo ya realizado su primer milagro en Caná de Galilea comenzó a enseñar en las Sinagogas. Es importante notar que existía un solo Templo, el de Jerusalén, donde había ceremonias en que los Sacerdotes ofrecían sacrificios, pero los pueblos hebreos tenían su propia Sinagoga.

Allí, cada sábado, se celebraba un oficio litúrgico en el que era fácil participar para leer y comentar la Palabra de Dios. Así fue como Jesús comenzó a darse a conocer: leyendo y enseñando en las Sinagogas sobre todo de su provincia, Galilea. Nos dice San Lucas que “todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región”.

Jesús decide ir a Nazaret, el pueblo donde había crecido y vivido. Y ese sábado le tocó leer el volumen del Profeta Isaías y leyó el pasaje que se refería a la misión del Mesías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva.

Siempre que se leía este trozo, la gente pensaba en ese personaje misterioso tan esperado por todo el pueblo de Israel. Pero ese día en que Jesús lo leyó, remata la lectura diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. “Ese de quien habla Isaías soy Yo”.

Nadie es profeta en su tierra

Imaginemos el asombro de la gente. ¡Cómo es posible! ¿es Jesús el hijo del carpintero? Nazaret era pequeño, Jesús era del pueblo. ¡Y ahora venía a decir que era el Mesías! La discusión concluyó con el conocido refrán: “nadie es profeta en su tierra”. Y hasta trataron de empujar a Jesús por un barranco. Pero El se les desapareció sin que se dieran cuenta.

Aquella asamblea convocada por Nehemías, al regreso del exilio de Babilonia sirvió de modelo para lo que luego se haría en las Sinagogas. Todos se emocionaron al punto de lágrimas, por estar reunidos de regreso a casa, por poder escuchar juntos la lectura de la Ley de Moisés. Fue un momento de gran solemnidad.

El momento que narra el Evangelio, cuando Jesús anunció el cumplimiento de la Profecía de Isaías, fue más importante que la gran Asamblea de Nehemías. Llegó “la plenitud de los tiempos”, en que Dios ya no hablaba por medio de los enviados, sino que comenzó a hablar El mismo. Pero no le creyeron. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. (Jn. 1, 11).

Miembros vivos del Cuerpo de Cristo

La 2ª lectura (1ª Cor. 12, 12-30) nos habla del Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia, integrada por todos, y todos tenemos en ella una misión, una tarea. Como la Asamblea de Nehemías: hombres, mujeres y niños, gobernantes y sacerdotes; todo el pueblo. En el cuerpo todo es importante, pero cada miembro tiene su función. En la Iglesia todos somos necesarios.

Además, San Pablo nos habla de la dependencia que existe entre los miembros del Cuerpo de Cristo. Cuando un miembro sufre, los demás también sufren. Si alguien está bien, todos reciben el influjo ese bienestar. Y si alguno está mal, los demás sienten ese malestar.

De allí la importancia de estar bien espiritualmente con los demás miembros, para que ese bienestar se comunique a los demás y genere una comunidad positiva y dinámica. Porque, si estamos mal, ese malestar afecta a los demás. Además, nos queda claro que con el bien, vamos venciendo el mal.

Recalca el Apóstol lo que nos decía en la lectura del Domingo anterior sobre las diversas funciones dentro de la Iglesia: apóstoles, profetas, maestros, los que hacen milagros, los que tienen el don de curar enfermos, los que administran, etc. Con esto nos está describiendo los diferentes carismas, tanto ordinarios, como extraordinarios, todos necesarios para el buen funcionamiento del Cuerpo de la Iglesia y de la misma sociedad.

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