EL BAUTISMO DE JESUS Y EL NUESTRO

Desde navidad hemos seguido a Jesús, en diversos momentos y acontecimientos de su infancia: Fue presentado en el templo por sus padres, después huyeron a Egipto; regresaron posteriormente a Nazaret; luego se quedó Jesús en medio de los doctores en el templo, cuando sus padres lo llevaron a Jerusalén. Ahora lo contemplamos entre un grupo de fervorosos penitentes que se acercaban a recibir el bautismo de Juan en el rio Jordán.

 

Juan bautizaba en el Jordán

Juan predicaba cerca del río Jordán y llevaba una vida de penitencia y austeridad, invitando a vivir la justicia y el amor. Esta manera de vivir parece responder a los rasgos propios del Mesías, por lo que el pueblo está a la expectativa, preguntándose si Juan era el Mesías. El mismo Juan bautista se encarga de aclarar las cosas, al señalar que lo suyo es una preparación para recibir a Jesús y que ya está entre ellos

Juan sabe que el bautismo que él imparte es solamente un signo de penitencia, algo insignificante comparado con el bautismo de Jesús. Juan lo expresa así: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero viene alguien que los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego”.

El Espíritu Santo y su fuego han de generar en nosotros –el coraje para afrontar desde la fe los desafíos de la vida y la sabiduría para vivir esa fe en profundidad. Esa voluntad y esa sabiduría son los dinamismos que hacen real el bautismo en nuestras vidas; son realmente los que nos ayudan a vivir la vida con más plenitud, con una fuerza que se traduce en libertad y alegría.

El bautizado en el Espíritu de Jesús está llamado a vivir como Jesús. El Bautismo no se administra por costumbre social, cultural o religiosa; no es un evento sólo para ser compadres. Aunque se administre a los niños no es cosa de niños, sino algo que hay que asumir, consciente y libremente, una opción propia que ha de orientar y comprometer la vida, para seguir los pasos de Jesús.

El bautismo de Jesús

Dice el evangelio que un día que se bautizó mucha gente, también Jesús fue bautizado por Juan. Jesús acude al bautismo cuando llega el momento de tomar opciones en la vida, de decidir cómo va a ser su vida mientras esté en el mundo.

Se coloca entre la gente que acude a Juan, con la solidaridad y la cercanía que durante su vida iba a mostrar con los pobres y los débiles. 

Llama la atención que el Hijo de Dios, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, se acercara a la ribera del Jordán, como cualquier otro, a pedirle a Juan que le bautizara. Juan había dicho: detrás de mi vendrá “uno que es más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (Lc. 3, 15-16 y 21-22). Sin embargo, se queda impresionado ante la petición del Señor..

En esta escena en el Jordán podemos entender aquellas palabras de San Pablo en su carta a los Corintios: “Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió el pecado” (2ª Cor 5, 21). ¡Jesucristo se humilla hasta pasar por pecador, hasta parecer culpable, pidiendo a San Juan el Bautismo de conversión!

Por eso Juan Bautista al ver a Jesús pidiendo ser bautizado exclamó: “He ahí el Cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo” (Jn. 1, 29). Antes de Cristo los israelitas sacrificaban corderos, buscando la expiación de sus pecados.

Cristo, al cargar con nuestros pecados, se hace el verdadero Cordero de Dios, para salvarnos de nuestros pecados. Es lo que nos dice el Sacerdote al presentarnos a Cristo antes de la Comunión: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…”.

Tú eres mi Hijo muy amado

Al ser bautizado Jesús en el Jordán, como una respuesta a esta actitud de humildad del Señor, “se abrió el Cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma y vino una voz del Cielo: ‘Tú eres mi Hijo amado, el predilecto’” (Lc. 3, 15-16 y 21-22)). El Padre revela al mundo Quién es ese bautizado: su Hijo, el Dios-Hombre.

En Jesús, el cielo y la tierra se unen. El Dios que todos sentían lejano se acerca. Y junto con Jesús se hace presente el Espíritu, el aliento de vida que está con él desde su nacimiento y que le acompañará en todo momento. El sentirse amado incondicionalmente por el Padre, y lleno del Espíritu, llevó a Jesús a ponerse en sus manos con total confianza.

Juan Bautista da testimonio de lo que ve y escucha: por una parte, puede ver el Espíritu de Dios descender sobre Jesús en forma de paloma, haciendo recordar la mención del Espíritu de Dios en el Génesis. “El Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1, 2). Tal vez ese “aletear” del Espíritu Santo hace que San Juan compare ese “aletear” con el aletear de la paloma.

Además, en este pasaje de la vida del Señor y del Bautista, vemos también la revelación de la Santísima Trinidad en pleno: el Padre que habla, el Hijo hecho Hombre que sale del agua bautizado y el Espíritu Santo que, aleteando como una paloma, se posa sobre Jesús.

Valoremos y vivamos el bautismo

Al sumergirse Jesús en las aguas del Jordán confirió al agua un significado y un poder de sanación espiritual. El agua es la materia del Bautismo, de este Sacramento fundamental, instituido después por Cristo, el cual nos borra el pecado original con el que todos nacemos.

El Bautismo de Jesucristo, el Dios-hecho-hombre, nos invita a la humildad y la gratitud. Si todo un Dios se humilla hasta pedir el Bautismo de conversión que el Bautista impartía a los que deseaban cambiar, ¿qué no nos corresponde a nosotros, que somos pecadores?

El Bautismo nos invita a cambiar de manera de ser, de pensar y de actuar, para asemejarnos cada vez más a Jesucristo. Busquemos de manera permanente purificar nuestras vidas en las aguas del arrepentimiento y la confesión de nuestros pecados. Necesitamos humildad y docilidad para buscar la Voluntad de Dios por encima de cualquier otro interés.

Llamados a seguir los pasos de Jesús

Por el bautismo somos hijos de Dios. Como Jesús somos hijos amados del Padre y llamado también a anunciar a todas las criaturas que son hijas e hijos y que Dios las ama. El amor es lo que más libera, pero también lo que más compromete.

Que nuestra vida se centre en hacer la Voluntad de Dios, de manera que, así como los cielos se abrieron para Jesús al recibir el Bautismo de Juan, se abran también para nosotros en el momento de nuestro paso a la otra vida y podamos escuchar la voz del Padre, reconociéndonos también como hijos suyos; porque, como su Hijo Jesucristo, hemos buscado hacer siempre su Voluntad, amando y sirviendo a nuestros hermanos.

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