Epifanía DEL SEÑOR

Isaías 60, 1-6; Efesios 3, 2-3a.5-6; Mateo 2, 1-12

El pasaje evangélico de los Magos nos ofrece orientaciones prácticas para nuestra vida. Junto al aspecto histórico del relato, aparece también el elemento teológico y simbólico.

 

El evangelista no ha intentado referir «hechos» solamente, sino inculcar también cosas que «hay que hacer», indicar modelos a seguir o a evitar en quien lee. Como toda la Biblia, también esta página está escrita «para educar nuestra fe».

Jesús es Buena Nueva para toda la humanidad.

Jesús vino a toda la humanidad. Jesús nació en Belén pueblo de Judea, en tiempo del rey Herodes. Por entonces unos sabios de oriente se presentaron en Jerusalén, preguntando: –¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo.

Tres reacciones distintas ante el anuncio del nacimiento de Jesús: Los magos, Herodes y los escribas nos muestran las distintas reacciones que tenemos las personas ante una misma señal y cómo se relacionan etas con los deseos, las ilusiones, los sentimientos y las ambiciones... personales.

*     Herodes, su ambición lo confunde

Herodes se angustia, ante la llegada del Mesías, pensando que le quitará el poder. En cuanto se entera del acontecimiento «se sobresalta», convoca a asamblea a los sacerdotes y a los escribas, no para conocer la verdad, sino para tramar un engaño. Herodes representa a la persona que ya ha hecho su elección, antes de entender la realidad.

Entre la voluntad de Dios y la suya, ha optado por la suya. No ve más que su interés, y está decidido a trucar cualquier cosa que amenace con perturbar este estado de cosas. Probablemente piensa hasta que cumple con su deber, defendiendo su realeza, su linaje, el bien de la nación.

Ordenar la matanza de los inocentes debió parecerle una medida necesaria y moralmente justificada por el bien público. Desde este punto de vista también hoy el mundo está lleno de «Herodes».

*     Los sacerdotes y los escribas incapaces de ver al Salvador.

Herodes, Jerusalén, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley se inquietan ante la noticia, actúan ladinamente y planean la muerte del Niño.

Consultados por Herodes y por los Magos para saber dónde había de nacer el Mesías, no dudan en dar la respuesta exacta. Saben dónde ha nacido el Mesías; son capaces de indicarlo también a los demás, pero ellos no se mueven.

No corren a Belén, como sería de esperar de personas que aguardaban la llegada del Mesías, sino que se quedan cómodamente en Jerusalén. “Vayan -dicen-, y después vengan a  informarnos”. Se comportan como las indicaciones de carretera: señalan el camino a seguir, pero permanecen inmóviles a los lados de la vía.

Vemos simbolizada en ellos una actitud difundida igualmente entre nosotros. Sabemos bien qué implica seguir a Jesús: «ir tras Él» y, en caso necesario, lo sabemos explicar igualmente a los demás, pero nos falta el valor y la generosidad de vivir su evangelio.

Si todo bautizado es por eso mismo “testigo de Cristo”, entonces la actitud de los sumos sacerdotes y de los escribas debe hacernos reflexionar a todos. Ellos sabían que Jesús se encontraba en Belén, «la menor aldea de Judea»; nosotros sabemos que Jesús se encuentra en la Eucaristía, en la Palabra, entre los pobres, en los humildes, en los que sufren...

*     Los Magos buscaron y encontraron al Salvador.

En su largo y laborioso camino buscan, ven, se cuestionan, creen, adoran, ofrecen, se transforman. Ponerse en camino supone desprendimiento, salir de uno mismo, dejar seguridades, desinstalarse, superar miedos, aceptar la sorpresa y la novedad. Ponerse en camino es necesario para descubrir, encontrar y manifestar a Jesús. Encontrarlo es la mayor alegría. Dios se hace presente en el mundo a través de quienes lo muestran con su vida, más que con sus palabras.

Los magos se llenan de alegría, se ponen en camino, reconocen a Jesús y le adoran. Ellos no enseñan con las palabras, sino con los hechos. No titubearon, se pusieron en camino; dejaron la seguridad del propio ambiente, de moverse con gente conocida que les reverenciaba.  Actuaron consecuentemente, sin vacilación. Si se hubieran puesto a calcular uno a uno los peligros, no hubieron encontrado al Salvador del mundo

Los Magos regresaron transformados.

“Avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, los Magos se retiraron a su país por otro camino”. Los sabios demuestran que quienes miran llegan a ver y quienes buscan consiguen encontrar. Representan una sabiduría poco común: la de quienes saben leer los signos de los tiempos y entienden que la salvación de la humanidad no está en la prepotencia y el poder, sino en la sencillez, la ternura y la bondad.

El encuentro con Jesús les hace cambiar de camino. Símbolo de transformación interior. Recorren caminos nuevos porque son personas nuevas.  Ya no necesitan el poder de Herodes ni el saber de los escribas. Han experimentado la inmensa alegría del encuentro con una Persona que dará un nuevo sentido a su vida, a todo lo que hagan y les suceda en el futuro. 

Esa puede ser la consecuencia de nuestro encuentro con Jesús: la transformación de nuestra vida.  La capacidad y la decisión de tomar otro camino. Cuando se ha encontrado a Cristo, ya no se puede volver por el mismo camino. El encuentro con Cristo debe generar un cambio de rumbo.

Celebremos la Navidad un año tras otro.

No desesperemos nunca creyendo que el mal va a vencer el proyecto salvador que Dios ha generado para bien de la humanidad. Comprendamos que el mal hay que vencerlo siempre a base de bien…  Confiemos en Dios y comencemos a cambiar, seamos protagonistas, como los Magos, para alcanzar la luz, para encontrar a Cristo y llenarnos de alegría, de optimismo y poner manos a la obra.

Si entendemos de verdad el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, entonces deberíamos buscar ese AMOR donde él lo quiso poner, y no donde a nosotros nos gustaría que estuviera. Llevemos el amor a los enfermos olvidados, a los niños maltratados, a las familias que lloran la muerte de sus seres queridos, a las mujeres maltratadas, a los encarcelados, a tantos que viven en la miseria; a los desempleados, a los que duermen en las calles, a los alcohólicos, a los drogadictos... El amor de Dios quiere iluminar y redimir las realidades de sufrimiento, quiere llenar de luz la oscuridad, el miedo y el dolor de cuantos sufren.

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