DIOS VIENE A SALVARNOS

Una vez más, como cada año, las fiestas navideñas nos llegan al corazón: nos conmueve que Dios haya bajado a nosotros, hecho niño, para que podamos amarlo. Nuestro Dios nace en Belén como uno de nosotros: necesitado, vulnerable, expuesto al sufrimiento y a todos los problemas; todo porque nos ama, y quiere que nosotros lo amemos a El y que nos amemos entre nosotros.

 

Dios nos habla de mochas formas

En la Carta a los Hebreos acabamos de escuchar que: “en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres… Ahora en estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por medio del cual hizo el universo”. Heb 1, 1.2.

La Navidad es un misterio en el que seguiremos siempre encontrando nuevos significados, que serán pequeñas pinceladas apenas ante la inmensidad de este prodigio del amor de Dios. ¿Qué nos dice el Señor, cuál es el mensaje que nos trae Jesús en esta Navidad de 2019?

El profeta Isaías, en la primera lectura dice: “Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que anuncia la salvación” Is 52, 7.  Efectivamente, desde el pesebre de Belén, Jesús nos trae salvación y nos genera paz verdadera.

En realidad, la navidad es tiempo de buenas noticias: Jesús, el niño que nació en Belén, era la vida y la vida era la luz de los hombres. Nos dice el evangelio que la “luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no lo recibieron”. 

No hubo un lugar para ellos

Qué pasaría si María y José llamaran a mi puerta. ¿Habría lugar para ellos? No hubo sitio para ellos en la posada, y la Sagrada Familia tuvo que ir a un establo, por lo que el evangelista Juan dice: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,11).

¿Tenemos un lugar para Dios cuando él trata de llegar en nosotros? ¿En la vida ordinaria, tenemos tiempo y espacio para Dios?. Cuanto más rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. ¿Y Dios? Lo que se refiere a él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente ocupado. Pero la cuestión va todavía más a fondo. ¿Tiene Dios realmente un lugar en nuestro pensamiento?

Tampoco hay lugar para él en nuestros sentimientos y deseos.

Nosotros nos queremos a nosotros mismos, queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el éxito de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones.

Roguemos al Señor para que estemos vigilantes ante su presencia, para que escuchemos cuando llama a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que generemos en nuestro interior un espacio para él; y para que podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en los niños, en los ancianos y los enfermos, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo.

En el relato de la Navidad hay también una segunda palabra: el himno de alabanza que los ángeles entonan después del mensaje al Salvador recién nacido: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. Él es bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia.

Contemplemos la gloria de Dios

Los ángeles transmiten en primer lugar la alegría de percibir la gloria de Dios. Su canto es una irradiación de la alegría que los inunda. En sus palabras escuchamos, por decirlo así, algo de los sonidos melodiosos del cielo.

En ellas no se supone ninguna pregunta sobre el porqué, aparece simplemente el hecho de estar llenos de la felicidad que proviene de descubrir el esplendor de la verdad y del amor de Dios. Dejemos que nos embargue esta alegría. Dios es bueno y es el poder supremo por encima de todo poder. En esta noche alegrarnos de este hecho, junto con los ángeles y los pastores.

Gloria de Dios y paz en la tierra

Con la gloria de Dios en las alturas, se relaciona la paz en la tierra a los hombres. Donde no se da gloria a Dios, donde se le olvida o incluso se le niega, tampoco hay paz. Hoy, sin embargo, corrientes de pensamiento muy difundidas sostienen lo contrario: la religión, en particular el monoteísmo, sería la causa de la violencia y de las guerras en el mundo; sería preciso liberar antes a la humanidad de la religión para que se estableciera después la paz.

Cristo es nuestra paz

No es cierto que el «no» a Dios restablecería la paz. Si la luz de Dios se apaga, se extingue también la dignidad divina del hombre. Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el débil, el extranjero, el pobre. Entonces ya no somos todos hermanos y hermanas, hijos del único. Sólo cuando la luz de Dios brilla sobre el hombre y en el hombre, sólo cuando cada hombre es querido, conocido y amado por Dios, sólo entonces, por miserable que sea su situación, su dignidad es inviolable.

Cristo es nuestra paz, y ha anunciado la paz a los de lejos y a los de cerca (cf. Ef 2,14.17). Haz que, también hoy, de las espadas se forjen arados (cf. Is 2,4), que en lugar de armamento para la guerra haya apoyos solidarios. Ayúdanos a ser hombres y mujeres de paz.

Los pastores se apresuraron en su camino hacia Belén (cf. 2,16). Una santa curiosidad los impulsaba a ver en un pesebre a este niño, que el ángel había dicho que era el Salvador. La alegría que les anunció, había entrado en su corazón y les daba alas.

Vayamos al encuentro del Señor

Su el Verbo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, vayamos allá, a Belén, dice hoy la liturgia de la Iglesia. Demos el paso, salgamos de nuestros hábitos de pensamiento y de vida, y lleguemos a lo esencial, lleguemos a Dios, que ha venido hacia nosotros. Pidamos al Señor que nos dé la capacidad de superar los límites; que nos ayude a encontrarlo en el momento en el que él mismo se pone en nuestras manos y en nuestros corazones.

Los pastores se apresuraron. Les movía una santa alegría. Es cada vez más raro que nos apresuremos por las cosas de Dios. Las cosas de Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad más importante, el Único que, en definitiva, importa. Pidamos a Jesús que la santa curiosidad y la alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos con alegría a Belén; hacia el Señor que también hoy viene a nosotros. Amén.

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