SERVIDORES COMO JESUS

La enseñanza que Jesús nos propone este domingo es de gran trascendencia, ya que nos da la clave para que nos ubicarnos como discípulos de Jesucristo, llamados a vivir el dinamismo del amor, y como ciudadanos llamados a construir una sociedad más justa y solidaria: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos”.

 En la visión de Jesús, en su proyecto de salvación, no hay que mirar tanto a los que ocupan primeros puestos y tienen renombre, títulos y honores. Para Jesús es fundamental que nos dediquemos a servir, sin ambición y con total libertad, que aprendamos a colaborar e impulsar el bien. Lo importante no es quedar bien, sino hacer el bien, al estilo de Jesús.

 

Jesús instruye a sus discípulos

Se fueron de allí y atravesaron Galilea, nos dice el evangelio. Jesús no quería que lo supiera la gente, porque estaba instruyendo a sus discípulos.  Galilea es el escenario fundamental de la actividad de Jesús, es la cuna del evangelio.  Mientras camina hacia Jerusalén, Jesús repite la enseñanza sobre su destino, buscando que entiendan lo que tendrán que hacer.

Les empieza a hablar de su pasión, tema que toca también el libro de la sabiduría, que escuchamos en la primera lectura, y que habla de algún malvado que persigue a quienes permanecen fieles a Dios, poniéndoles pruebas, para ver si de verdad Dios los va a salvar.

Los discípulos no entienden fácilmente las enseñanzas de Jesús.  No entienden ni quieren preguntar; guardan silencio. Tener miedo de preguntar es un mecanismo psicológico que todos tenemos cuando sospechamos que no nos va a gustar y/o nos va a comprometer lo que nos van a responder. En ocasiones el miedo supone falta de confianza y de fe.

Jesús cuestiona a los discípulos

Al llegar a Cafarnaúm, estando en casa, Jesús pregunta a los discípulos, cuando están ya más serenos. Jesús hace que, con él, nos sintamos como en casa para dialogar y profundizar, para reflexionar, para dejarnos interpelar; para orar y entrar en comunicación profunda con él.

Los discípulos seguían callados, porque habían discutido acerca de quién era el más importante en el grupo. Jesús se da cuenta que traen otros asuntos en su cabeza y están lejos de sintonizar con el tema que él les propuso; él habla de entrega y servicio y ellos piensan en poder y grandeza, tentados por la ambición; algo totalmente opuesto a la visión de Jesús, que invitaba a la fraternidad y al servicio.

Pero el tema es también de estos tiempos; Sigue siendo actual la ambición desmedida de poder, de colocarnos por encima de los demás: privilegios, poder. En las primeras comunidades y ahora esas actitudes son radicalmente opuestas a las actitudes y al mensaje de Jesús.

Propuesta de Jesús a sus discípulos.

Jesús les dijo con toda claridad: El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. A la pregunta de quién es el más importante tal vez muchos responderán que son los que tienen cargos, títulos, dignidades y asientos reservados en las reuniones.

Jesús señala que la grandeza consiste en ser servidor de todos, esto es lo más importante. La grandeza de las personas y la transformación de la sociedad, surge cuando somos cercanos y solidarios con los demás; no por ocupar puestos relevantes solamente, sino cuando en la vida –con cargos o sin cargos- sabemos ayudar y abrir espacios de participación a quienes son pequeños, como niños –así habla Jesús en el evangelio-.

Quien sirve a quienes son “inservibles” para la sociedad nunca se equivoca. Lo que caracteriza a los seguidores y seguidoras de Jesús es ser “el último y el servidor de todos”.

Tomo luego Jesús a un niño

En la sociedad y cultura de aquel tiempo, los niños y las niñas eran “nadie”.  No tenían derechos, eran los últimos, eran despreciados. El abrazo de Jesús es un gesto de amor y un reconocimiento de la dignidad del ser humano por débil o pequeño que sea. Y aquel abrazo expresaba también una total identificación con ellos.

Quien acoge, ayuda... a un “insignificante”, lo recibe a él.  Este signo señala que lo que hagamos al niño y al que poco vale se lo hacemos a él. De eso seremos juzgados al final de nuestras vidas.  Por otra parte, nos recomienda identificarnos con los valores que los niños representan: confianza, espontaneidad, creatividad, asombro, ternura, fascinación, alegría, apertura a la esperanza y al futuro... Los niños tienen una confianza total e incondicional en su padre/madre. Como Jesús la manifestaba hacia al Padre celestial.

La sabiduría de Dios

Los que tienen la sabiduría de Dios, nos dice el apóstol Santiago, son puros y viven con sencillez, diríamos que tienen espíritu de niño. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, nos dice Jesús en las bienaventuranzas. Pero son también amantes de la paz, comprensivos, llenos de misericordia y además dan buenos frutos.

Y pregunta también, ¿de dónde vienen las luchas y los conflictos, la injusticia y las guerras? De las malas pasiones, del desorden en la mente y el corazón; del afán desmedido del dinero y del placer que acaban generando violencia e injusticias.

Conclusión

Los discípulos habían vuelto a Cafarnaúm, centro de sus expediciones misioneras. Habían predicado el Reino de Dios, habían curado algunos enfermos y habían expulsado demonios.  Pero aún les faltaba lo que es fundamental en el apóstol; les faltaba ser humildes. Para Jesús la grandeza está en servir y no en tener honores o privilegios. Es claro que esta no es la escala de valores del mundo en que vivimos. En nuestro mundo de hoy, están trastocados estos términos.

Jesús nos invita a servir al mundo, a elevarlo, a darle un nuevo sentido. Nos invita a construir una sociedad en la que reinen la justicia, la verdad, el amor y la paz. Estamos llamados a ser servidores para generar comunión, amor, fraternidad y solidaridad. Así concretaremos el mandamiento fundamental de ámense los unos a los otros, como yo los he amado.

Sin esta mística, sin amor, sin capacidad de servir y de ser solidarios, los proyectos pastorales y sociales, culturales, políticos y hasta económicos, a la larga van al fracaso. Este es el gran mensaje de la Iglesia: la comunión, el amor y la solidaridad. Desde este criterio Dios nos cuestiona y nos invita a corregir el rumbo y a retomar el camino que Jesús nos ha trazado.

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