LA CURACION DEL SORDOMUDO

El texto del evangelio que acabamos de escuchar se refiere a uno de los tres milagros narrados por San Marcos. Se trata de la curación de un sordomudo, que aparece llena de signos, gestos y palabras de gran riqueza simbólica. En realidad, Jesús acompaña siempre su predicación con acciones que traen salvación y anuncian la llegada del Reino de Dios. Este es el sentido de tantos milagros que aparecen en el evangelio y que expresan el amor de Dios a los pobres y a los que sufren.

 

En el Evangelio de hoy vemos que la gente pidió a Jesús que impusiera las manos a aquel sordomudo, Jesús tocó los oídos y la lengua de aquel hombre, mientras imploraba a Dios. Al momento –señala el evangelio- se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua y pudo hablar sin dificultad.

Jesús salvador

Para la mentalidad de la época, la sordera y la mudez pertenecían al tipo de enfermedades que eran consideradas como un castigo. Las personas que las sufrían eran consideradas pecadoras.  De manera que Jesús, al abrir los oídos y soltar la lengua a aquel sordomudo, no sólo le devolvió la salud, también la reintegró a la vida social con todos sus derechos. Hizo que la persona se liberara de aquella esclavitud física y social. Dejó de ser marginada.

Así es la actuación de Jesús. Así se manifiesta el Reino de Dios. Lo fundamental de este relato es ver, a través del milagro, la presencia salvadora de Dios. Fue la «fe» del que solicitó la imposición de manos a Jesús, la que desencadenó la acción del Señor y generó el milagro.

El estado del sordomudo era de opresión, de desesperanza, pero su fe y la de sus acompañantes hizo posible que Jesús lo pasara de esa opresión infranqueable a la liberación y a una vida plena.

Salir de sí mismos e ir al encuentro con Cristo

La narración de este relato nos muestra el camino por el cual se produce el milagro. Nos invita a la fe, ya que para Dios no hay nada imposible. Una persona que no escucha a Dios ni al prójimo porque está encerrada en su egoísmo y sólo le preocupan sus cosas, tiene una “sordera” más grave aún que la sordera de orden físico.

Cuando esa persona se encuentra con Cristo y descubre que es capaz de escuchar a los demás, se produce un “milagro” tan extraordinario como el que narra el evangelio de hoy, aún cuando no sea visible para otros.

Jesús puede realizar en nosotros el milagro de devolvernos la capacidad de escuchar. Se dice que no hay peor sordo que el que no quiere oír, y este refrán tiene mucho que ver con el Evangelio de hoy, porque la verdadera sordera es la sordera del corazón, de la que sufrimos muchas veces.

Vivir sin escuchar a los otros nos sirve muchas veces como mecanismo de defensa para no comprometernos con la realidad ni con las personas. Esa sordera nos lleva a vivir encerrados dentro de muros impenetrables aún cuando convivamos con muchas personas durante todo el día.

Para escuchar al otro, se necesita:

Primero, «querer» escuchar y además requiere dejar que los demás «se expresen», porque si no se expresan no podemos escucharlos, es difícil escuchar a un mudo.

Escuchar es mucho más que abrir los oídos, es ponerse en el lugar del otro, sentir lo que siente, hacer propio su problema.

Cuántas veces en nuestra familia, nos hablan y respondemos mecánicamente una y otra vez. En ocasiones parece que generamos simulacros de diálogo; habla uno, habla otro, pero no hay interés ni voluntad. Las palabras son como música de fondo, pero la se necesita voluntad, interés y amor para una verdadera escucha. Ciertamente Jesús puede liberarnos de nuestra sordera para poder escuchar al otro y no como la mayoría de las veces, escucharnos en el otro. Si realmente nos cura, podremos tratar de entender los puntos de vista del que nos habla, su forma de ver las cosas, sus motivos, sus sentimientos.

En el evangelio de hoy también Jesús devuelve la capacidad de hablar. Es común encontrar “mudos” que tienen una enorme cantidad de talentos para dar y para darse a la comunidad pero que no se animan a hablar, por timidez o falta de generosidad.

También en ese terreno hay milagros, y son muchos los que después de encontrarse con Cristo deciden ponerse al servicio de los demás en alguna actividad parroquial o sirviendo en su trabajo o en otras instancias de la sociedad. Son muchos los que se encuentran con Jesús y su Espíritu los mueve a salir de sí mismos para ir hacia los otros y comunicar la Buena Noticia del Evangelio.

Hablar y escuchar con sabiduría

Pero hablar no es decir cualquier cosa. Cuando Jesús nos devuelve el habla, nos la devuelve para que podamos reaccionar cuando vemos algo injusto, intervenir y expresar nuestras ideas con madurez. Cuando Jesús nos devuelve el don de hablar, es para expresar valientemente nuestra fe, nuestros puntos de vista, para denunciar las injusticias…Para hablar con sabiduría.

Jesús hoy nos invita a recuperar el poder de la palabra para expresarnos con madurez y responsabilidad y el poder de escuchar, para que no solamente nos expresemos nosotros, sino que también escuchemos y respetemos la palabra de los otros.

Jesús, es nuestro ejemplo. Él fue solidario para escuchar el clamor de los que sufrían y valiente para expresarse ante autoridad y pueblo. Jesús era un hombre de pueblo como nosotros y supo hacerlo, «pudo» hacerlo. Pidamos a Dios que nos libere de nuestra sordera y de nuestra mudez y podamos establecer entre los hombres un diálogo maduro para construir una sociedad solidaria.

Comentario de Michel Quoist

Los seres humanos necesitan hablar, pero pocos son realmente hombres y mujeres, compañeros acogedores y dispuestos para sus hermanos, pues pocos se olvidan por completo de sí mismos,  para disponerse a escuchar los demás.

Hablar con otro es ante todo escuchar, y pocos saben hacerlo, pues pocos están vacíos de sí mismos, y su «yo» hace ruido. ¿Estás inquieto, preocupado y se presenta alguien que quiere hablarte?

Despréndete con dulzura de tus preocupaciones, el mal humor, el nerviosismo y ofrécelos al Señor. Entonces quedarás libre para escuchar.

Si sabes escuchar, muchos irán a hablarte. Muéstrate atento, silencioso, recogido. Tal vez, aún antes de que pronuncies una palabra constructiva, el otro se habrá ido feliz, liberado, iluminado. Pues lo que de un modo inconsciente esperaba no era un consejo, una receta debida, sino alguien en quien apoyarse.

Si debes responder, no pienses qué decir mientras el otro habla, pues ante todo necesita atención, luego vendrán las palabras. Después, confía en el Espíritu Santo, lo que llega primero, no es el fruto de un razonamiento, sino más bien fruto de la gracia.

Sólo se producirá auténtico diálogo si haces en ti un profundo silencio, un silencio religioso para acoger al otro, pues en él y por él, Dios llega a ti.

Pidamos al Señor que nos disponga a hablar y escuchar a Dios en nuestros hermanos.

 

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