ESTAR CON JESUS Y DESCANSAR CON EL

En el comienzo del Evangelio de hoy, San Marcos relata que los apóstoles, después de haber vivido una experiencia de misión, se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Debemos imitar ese trato de los discípulos con Jesús. Esa confianza que tienen para contarle sus cosas. En eso consiste la oración: en confiar al Señor los acontecimientos de nuestra vida.

 

Pero podemos contar al Señor nuestras dificultades, nuestros problemas, con la seguridad de que vamos recibir del Señor el consuelo y la paz que en cada momento necesitemos.  La oración, el trato frecuente, y sincero con el Señor es una necesidad para la vida de todo bautizado, y una condición previa e indispensable para encarar cualquier tarea de apostolado.

Jesús ofrece a los apóstoles una especie de vacaciones, por cierto, bien merecidas. Les dice: Vengan conmigo a un lugar solitario, para descansar un poco. La idea de Jesús tiene plena legitimidad; porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer.

Aprender a descansar

Cuántas veces nosotros llegamos al límite de nuestras fuerzas físicas y espirituales.  Cuantas veces, al terminar las tareas de todos los días, y después de habernos empeñado en cumplirlas como Dios nos manda, terminamos rendidos.  La invitación a descansar es, en esos casos, también para nosotros. Dejémonos enseñar por el Señor, buscando esos momentos de soledad en los que El nos explica su Palabra, para poder entonces comunicarla a los demás.

Nuestra paz interior tiene una importancia fundamental en toda nuestra vida; tanto en el aspecto espiritual como en las otras dimensiones del ser humano: en lo afectivo, en una relación humana madura y equilibrada viviendo y sirviendo con sincero amor; en lo intelectual y hasta en lo físico.

Además necesitamos tener paz, para transmitirla a quienes nos rodean. Es por eso que debemos poner los medios para alcanzar esa paz. Ante todo, necesitamos pedirla al Señor, tanto como pedimos cualquiera de los otros bienes que consideramos esenciales para nuestra vida.

Conviene saber retirarnos con frecuencia a nuestra soledad interior, porque es allí donde podremos escuchar la voz del Señor. No deberíamos dejar pasar un solo día en el que, las cosas «urgentes» nos impidan alcanzar las importantes. Y nuestra oración personal y la serena reflexión que nos lleve a recuperar la paz y a alimentar su crecimiento en nosotros, es una de las cosas que debemos valorar cada día como algo fundamental.

Encontrarnos con Dios

A Dios lo encontramos dentro de nosotros mismos, en las luces del amanecer y en los colores de una puesta de sol; cuando todo duerme en el silencio de la noche; en la tranquilidad, cargada de profundo recogimiento que encontramos en el templo cuando acudimos a hacer una visita al Santísimo.  Encontramos también al Señor en la apartada soledad del dormitorio.

Descansar no significa no hacer nada o perder tristemente el tiempo viendo durante horas programas de televisión que no dejan ningún provecho. Tampoco se trata de tomar vacaciones de Dios. Descansar es ocuparse de otras actividades útiles para nosotros y nuestro prójimo. Hacer algo de provecho para nuestra casa, nuestra familia o quienes nos rodean.

Para una madre que durante toda la semana lleva adelante la casa y los hijos, descansar puede ser leer un buen libro. Para el estudiante, descansar después de sus exámenes puede ser practicar apasionadamente un deporte.  Para un padre, descansar después de un día fuera de casa, puede ser ponerse a jugar con sus hijos menores, o ayudarlos con sus tareas.

Retirarse con Jesús a un lugar alejado

San Marcos nos relata que ante la invitación del Señor, los discípulos fueron solos con Jesús en la barca a un lugar tranquilo, sin gente, sin ruidos, ni inquietudes. Difícilmente puede haber un descanso más eficaz y provechoso que retirarse con el Señor a un lugar apartado. Poder estar a solas con el Señor, y separados del mundo por unas horas o unos días puede ser una oportunidad estupenda para profundizar y ubicar adecuadamente nuestra vida en relación con Dios y con los demás.

Algunas veces se nos presentan oportunidades de participar en alguna charla o una meditación, en algún lugar apartado de nuestros hogares, que facilita la predisposición al recogimiento y a la oración. Es una experiencia que vale la pena. En estos momentos se revisa la vida pasada, se renuevan los propósitos personales, se hacen planes para el futuro...Y además se experimenta a fondo la serenidad y la paz interior.

El hombre propone y Dios dispone

San Marcos termina el evangelio relatando que al verlos partir, muchos reconocieron a los apóstoles; y de todas las ciudades acudieron por tierra al lugar a donde se dirigían Jesús y los discípulos.

Jesús es el Buen Pastor. Como tal, además de cuidar y entrenar a los pastores de sus ovejas, también se ocupa directamente de sus ovejas. Nos dice el Evangelio que, a pesar de que en este pasaje Jesús trató de irse en una barca a un lugar solitario con sus Apóstoles, la gente los siguió por tierra corriendo y llegaron primero que ellos al sitio.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles durante buenos espacios de tiempo.

Sucede a menudo que, como a los apóstoles, podemos tener nuestros planes, que por un motivo u otro se frustran. Después de una larga jornada los apóstoles son invitados por Jesús a descansar. Pero Dios les pide todavía algo más.

Cuantas veces creemos que nuestro día ya ha terminado. Que merecemos sobradamente un descanso.  Y ocurre un imprevisto que nos demanda todavía un esfuerzo más: Un jefe que pide a sus trabajadores un trabajo extra, ante determinadas urgencias. Un vecino que viene a casa a pedir una ayuda que de ninguna manera puede esperar para otro día. Un hijo, que sin el auxilio de su padre no sabe cómo hacer la tarea que sin falta deberá presentar en su próxima clase.

Casos como estos deben ser aprovechados especialmente para ofrecerlos al Señor.  Y ante esas situaciones hay que continuar trabajando con buen ánimo, con alegría, con verdadero espíritu de servicio, como si fuera la primera tarea del día.

De nada sirve rebelarnos y protestar. Desperdiciamos una ocasión para agradar a Dios y además, con mala predisposición, la tarea se nos hace más pesada.

El Señor es mi Pastor

El Salmo de hoy es uno de los textos favoritos de los cristianos. Es el Salmo del Pastor, el Salmo 22, el cual abunda en detalles sobre el Buen Pastor y nosotros, sus ovejas.

Hemos dicho que la oveja confía plenamente en su pastor. Por eso, aunque pasemos “por cañadas oscuras” (aunque pasemos por dificultades) “nada tememos, porque nuestro Pastor va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad. El nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reponer nuestras fuerzas”.

Por todo esto, hemos repetido en el Salmo y podemos repetirlo a lo largo, en diversas ocasiones, como una oración muy útil a nuestra vida espiritual, la primera frase de este Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me falta.”

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