DOMINGO DE RAMOS  /  INICIA SEMANA SANTA

(Pasión de NSC. Luc 22, 14 - 23, 56).

 

Estamos iniciando la Semana Santa. Efectivamente, con la celebración del Domingo de Ramos se da inicio formal a la Semana de la Pasión de Jesús.

 

Su persecución y condenación a muerte ya se había estado planeando desde antes, pero el milagro de la resurrección de Lázaro en Betania, que estaba a poca distancia de Jerusalén y que era el centro del poder civil y religioso, fue la gota que colmó el vaso, al punto que consideraron inclusive dar muerte también a Lázaro, para no dejar rastro del la vida y la acción salvadora de Jesús.

La entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, que celebramos hoy, fue un impresionante recibimiento, pues la población lo aclamó como el Mesías, el esperado, desde tanto tiempo, por el pueblo de Israel.

Esta aclamación de Jesús por la mayoría del pueblo fue ciertamente provocada por el espectacular milagro realizado pocos días antes: el haber vuelto a la vida a un muerto ya sepultado y en franco proceso de deterioro, como fue Lázaro, amigo y pariente de Jesús.

Hoy, Domingo de Ramos, además de recibir las palmas benditas, la Liturgia nos introduce en los detalles de la Pasión de Cristo. En efecto este año leemos la Pasión según la narra San Lucas

El sentido de la pasión

Meditar la Pasión del Señor es un ejercicio muy provechoso para nuestra vida espiritual. Y resulta más provechoso cuando podemos personalizar los efectos de la Pasión, cuando podemos percatarnos de que cada sufrimiento de Jesús fue por mí y para mí.

Caer en la cuenta de que yo personalmente estuve en el corazón y en la mente de Cristo en esos momentos es muy conveniente para aprovechar las gracias de salvación que generaron para la humanidad la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Lo entendió muy bien san Pablo cuando escribe en la primera lectura: Cristo Jesús no quiso aferrarse a su condición divina, al contrario, tomando la condición de servidor nuestro, descendió a nuestra condición humana, se humilló a sí mismo y por obediencia –y por nuestra salvación- aceptó la muerte y una muerte de cruz (Cfr. Fil 2, 6 – 7)

 Y se entregó al extremo, de manera que su cuerpo quedó deshecho. “Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos, cantamos en uno de los versículos del salmo. (Sal. 21)).

Vemos entonces, en este breve resumen, los sufrimientos físicos extremos que padeció por cada uno de nosotros. Por ti y por mí, para salvarnos, para rescatarnos.

Y, como leemos en la Primera Lectura, los sufrió sin quejarse en ningún momento:

 “No he opuesto resistencia ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No respondí a insultos y salivazos”. (Is. 50, 4-7).

Dolor a la medida de su amor

Pero quedan también los sufrimientos morales... ¡En qué medida también los sufrió! Para muestra, como introducción basta detenernos en la oración en el Huerto de los Olivos, la noche antes de su muerte. ¡Qué sufrimiento tan atroz, pues esa noche pudo vislumbrar en qué consistiría su Pasión y Muerte!

Podemos decir que sufrió su pasión por anticipado. Allí Jesús, escondida su divinidad, en oración ante su Padre, siente la angustia horrorosa de su próxima muerte en el mayor de los sufrimientos.

La medida de su dolor debe haber sido la misma medida de su amor. Y su Amor es infinito, sin medida. Pensemos solamente en que por su divinidad -aunque medio escondida en estos terribles momentos- Jesús podía conocer todas las ofensas que nosotros los seres humanos habíamos hecho y habríamos de hacer a Dios desde el principio del mundo hasta el final de la historia humana.

Como El cargó con todas nuestras culpas, deseaba entonces reparar por todos nuestros pecados ante el Padre y que así quedaran satisfechas todas nuestras ofensas.

El ofendido era Dios; los ofensores, nosotros los humanos. Sólo Dios-Hombre podía reparar tal ofensa. La falta a un ser Infinito por parte de nosotros los seres humanos, requería una satisfacción infinita que sólo Jesús, Dios y Hombre verdadero, podía dar. Tenemos aquí un motivo o una razón por la que se hizo uno de nosotros y murió por nosotros.

Dolor por nuestra ingratitud

A esta carga se unía el hecho de que, siendo infinito su Amor por cada uno de nosotros, le invadía una mayor tristeza aún por vernos ofendiendo al Padre. La agonía no quedaba allí, sino que a esto se agregaban nuestra insensibilidad, nuestra falta de agradecimiento y la falta de correspondencia a todos estos sufrimientos suyos.

El ver que tantos iban a desperdiciar los dolorosos tormentos que él padecería en su inminente Pasión y Muerte, pudo haber sido la mayor causa de esa agonía. ¡El desprecio nuestro a su amor y a su entrega tiene que haber sido insoportable!

Tal fue el sufrimiento del Señor, que tuvo que venir un Ángel para animarlo en su oración.  Algunos han especulado que, ante la angustia por todos los que desperdiciarían las gracias de su redención, el consuelo del ángel pudo haber sido el haberle recordado los muchos que sí se salvarían por su sufrimiento. De allí que, por tercera vez, Jesús repite: “Padre, si es posible que pase de mí esta prueba, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Este acontecimiento de Jesús es modelo de oración para todos nosotros en las diversas circunstancias de nuestra vida: en alegrías y en tristezas, en las buenas y en las malas. Modelo de oración para que estemos en vela y atentos ante la petición que hizo Jesús a sus Apóstoles aquella noche: “Velen y oren para no caer en tentación”.

 

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