DICHOSOS LOS QUE CONFIAN EN EL SEÑOR

El pasaje del evangelio de San Lucas, que acabamos de leer, tiene cierta correspondencia con el relato del Sermón de la Montaña, que San Mateo ofrece en los capítulos 5 a 7 de su evangelio. Es muy posible que el Señor, en su ministerio por las regiones de Israel, predicara las mismas cosas, dichas de modo diferente, en distintas ocasiones y lugares.

 

Cada Evangelista escogió lo que, por inspiración del Espíritu Santo, veía más conveniente para los creyentes, que a él y a su grupo les tocaba formar: cristianos procedentes del judaísmo, para el caso de San Mateo; y convertidos de entre los gentiles, para el caso de San Lucas. Nada impide que uno y otro evangelista hayan presentado, según las necesidades de esos lectores, unos u otros aspectos de la predicación de Jesús, insistiendo más en unos puntos y abreviando u omitiendo tal vez otros.

Las ocho bienaventuranzas que presenta San Mateo en su evangelio, las refiere San Lucas en el texto de hoy resumidas en cuatro, pero acompañadas por cuatro lamentaciones o aspectos contrarios. San Ambrosio dice que las ocho bienaventuranzas del Evangelio de San Mateo están comprendidas en las cuatro de San Lucas.

Según las bienaventuranzas, como las presenta San Lucas, son felices los que tienen hambre y los que sufren; pero también son motivo de felicidad la persecución, los insultos, la pobreza, no la material, sino la espiritual, en el sentido bíblico.

La pobreza material puede ayudar a confiar más en Dios, pero no es requerimiento para ser “pobre en el espíritu”. Pobre de espíritu es aquél que confía en Dios y no en sí mismo, que se sabe dependiente de Dios y no autosuficiente, que se reconoce limitado y hasta incapaz, y reconoce que lo que es y lo que tiene son dones de Dios.

Las “bienaventuranzas” son tal vez la máxima paradoja del ser o del intentar ser cristiano.  Tienen su modelo en la forma de ser de Aquél que las proclamó; así fue Jesús.  Y al cristiano le toca imitar y seguir a Jesús.

No pueden entenderse las “bienaventuranzas” ... mucho menos vivirlas, si nuestra brújula está dirigida hacia este mundo pasajero y efímero. ¡Imposible aceptar esta lista de incomprensibles paradojas!  Sobre en quien debemos poner nuestra confianza nos alerta el Profeta Jeremías en la Primera Lectura.  Y nos plantea los riesgos que corremos:

“Maldito el hombre que confía en el hombre (en sí mismo o en otros seres humanos), que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón ... vivirá en la aridez del desierto en una tierra salobre, inhabitable.  Bendito el hombre que confía en el Señor y en él pone su esperanza.  Será como un árbol plantado junto al agua ... sus hojas se conservarán siempre verdes y en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos”. (Jr. 17, 5-8).

Las “bienaventuranzas” y la advertencia de Jeremías nos invitan a confiar de verdad en Dios. Pero ... ¿en quién confiamos los hombres y mujeres de este Tercer Milenio? O más bien buscamos a Dios cuando nos interesa? ¿Realmente confiamos en Dios ... o confiamos en nosotros mismos, en nuestras capacidades, en nuestros enfoques humanos y en nuestros propios criterios?

¿Somos capaces de hacer lo que vimos a Pedro hacer en el evangelio del pasado domingo cuando, sabiendo por su experiencia de pescador que no había pesca, vuelve a echar las redes en obediencia a la Sabiduría Divina de Jesús que le da esa orden? (Lc. 5, 1-11) ¿Somos capaces de oponer la Sabiduría Divina a lo que consideramos nuestros confiables conocimientos humanos?

Con las “bienaventuranzas” Jesús nos dice que el valor de las cosas no se mide según el dolor o el placer inmediato que proporcionan; y si por las consecuencias que tengan para la eternidad. Dejarían de ser utópicas e inalcanzables si dirigiéramos bien nuestra brújula.

El Evangelio de Lucas nos trae “anti-bienaventuranzas”:“¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen su consuelo!  ¡Ay de ustedes los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre!  ¡Ay de ustedes los que ríen ahora, porque llorarán de pena!  ¡Ay de ustedes, cuando todos los alaben, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”

¡Qué diferente la visión de Cristo a los valores que nos presenta el mundo de hoy!   Los ricos, los hartos, los que gozan ahora, los reconocidos y alabados no van a estar muy bien en la eternidad.  Pero no será tanto por el bienestar que creen ahora disfrutar, sino porque tienen su confianza puesta en sí mismos y en todo lo perecedero de este mundo:  dinero, poder, satisfacciones, reconocimientos, honores.

Los que se sienten satisfechos con las metas miopes de este mundo corren graves riesgos, pues tiene la brújula muy mal dirigida.  Los que están apegados al reino de la tierra nunca podrán alcanzar el Reino de los Cielos.  De allí la advertencia del Señor.  De allí los “ayes” de las “anti-bienaventuranzas”.

De allí la dura reprensión del Profeta: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón”. En el mismo sentido habla san Pablo (2 Lectura): “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida seríamos los más infelices de todos” (1 Cor. 15, 12-20).  Infelices:  anti-bienaventurados.

Nos quiere decir San Pablo que la esperanza cristiana no puede centrarse en las cosas de esta vida.  No hay que buscar a Dios solamente para que nos cure, para que nos dé las cosas materiales que le pedimos, para que nos satisfaga en esta vida. Hay que buscar a Dios para ver qué tiene que decirnos y qué tiene que pedirnos, para saber qué quiere de nosotros, para saber de qué manera nos quiere conducir al Reino de los Cielos.

Y ese camino al Reino nos lo muestran las “bienaventuranzas”: “Felices los pobres ... Felices los que ahora tienen hambre ...  Felices los que sufren ... Felices cuando los aborrezcan y los expulsen ... cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre ...”    Paradojas incomprensibles que sólo se entienden si dejamos la miopía terrenal y nos ponemos los lentes de eternidad.

Pero ¡ojo!  No es la pobreza en sí, ni el hambre, ni la persecución, ni el sufrimiento mismo lo que nos hace bienaventurados.  Y estas condiciones adversas, por sí mismas, no son boletos seguros de entrada al Cielo.  Si reaccionamos ante ellas con una actitud pecaminosa de rechazo o de cuestionamiento a Dios, más bien podrían ser motivos de condenación. El derecho al premio eterno no viene de las situaciones adversas; lo alcanzaremos por nuestra actitud ante estas circunstancias que la Providencia provee para ayudarnos a llegar al Cielo.

Cuando al sufrir adversidades ponemos nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos, cuando ponemos nuestra mirada en la meta celestial y nos desprendemos de las metas meramente terrenas, cuando confiamos en Dios y nos disponemos a hacer su voluntad -la que sea- podemos decir que hemos comenzado el camino de las “bienaventuranzas”. 

Las “bienaventuranzas” son una llamada para todos, pero sólo si somos capaces de desprendernos de nuestros criterios y deseos, para asumir los de Dios, podremos ser felices ... aquí en esta vida y posteriormente en la vida eterna. 

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