LA FAMILIA Y EL MATRIMONIO

Los textos que nos ofrece la liturgia eucarística de este domingo son una valiosa catequesis sobre la familia y el amor. La primera lectura y el evangelio están perfectamente sintonizados, ya que tratan el mismo tema, aunque desde puntos de vista diferentes; pero también porque Jesús se refiere, de manera expresa, a las afirmaciones del primer libro de la Biblia sobre el divorcio, que no entraba en el proyecto original de Dios sobre la unión del hombre y la mujer.

 

La Primera Lectura (Gn. 2, 18-24) nos habla del momento maravilloso de la creación del hombre y la mujer y del plan original de Dios para la pareja humana. El hombre se siente solo y el Creador le da una ayuda semejante a él; los dos son de la misma carne, y por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne (Gen 2, 24).

Teniendo presente esta valiosa enseñanza del primer libro de la Biblia, se entiende la respuesta que Jesús dio, ante la pregunta malintencionada de los fariseos, acerca de si era lícito que el hombre se divorcie de su mujer. Jesús les dice que Moisés había permitido la separación en algunos casos especiales, pero el Señor insiste en la indisolubilidad del matrimonio. 

Moisés permitió el divorcio, debido a la dureza de corazón de ustedes”, (Mc 10, 5). El Señor insiste que en el principio antes del pecado, no fue así y recuerda, en este pasaje, la narración del Génesis, cuando Dios dispuso que hombre y mujer no fueran dos, sino un solo ser.

Una exigencia difícil

La indisolubilidad del matrimonio siempre se ha parecido como una exigencia difícil de cumplir.  En efecto, cuando Jesús insiste en ella, los mismos discípulos exclamaron que era preferible no casarse: “Si ésa es la condición del hombre con la mujer, más vale no casarse” (Mc. 10, 2-12). Sin embargo, Jesús no trata de excusarse por sus exigentes palabras, sino que, por el contrario, propone algo aún más difícil de entender. 

Alaba a quienes escogen la castidad por amor al Reino de Dios, aunque reconoce que es una vocación con una gracia especial: “No todos comprenden esto, sino solamente los que reciben este don.  Hay hombres que nacen incapacitados para casarse.  Hay otros que fueron mutilados por los hombres para casarse.  Hay otros que por amor al Reino de los Cielos han descartado la posibilidad de casarse.  ¡Entienda el que pueda!”.  (Mt. 19, 10-12).

“Jesús no pidió a los esposos una carga imposible de llevar, ni demasiado pesada”.  Y nos refiere el Catecismo, en relación a estas palabras del Señor que tantas veces hemos oído, pero que pocas veces las relacionamos con el matrimonio: “Carguen con mi yugo y aprendan de Mí que soy paciente de corazón y humilde, y sus almas encontrarán alivio.  Pues mi yugo es bueno y mi carga liviana” (Mt. 11, 29-30).    (Cat Ig n.1615).

La gracia de Dios

Para esto y para cumplir con su misión, en virtud del Sacramento del Matrimonio, los esposos cristianos gozan de una gracia especial, propia de este Sacramento, la cual está destinada a ayudarlos en su difícil tarea de procrear y educar a los hijos, de ayudarse mutuamente, santificándose en medio de los problemas que ciertamente acarrea la vida en común. 

El Catecismo dice: Dios que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 2), que es Amor (Cf 1Jn 4, 8.16).

Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Cf Gn 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla”. (Gn 1,28). (Cat Ig 1604).

Los esposos tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios" (LG 11). Esta gracia propia del sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia "se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos". (Cat Ig 1641)

Unidad,  indisolubilidad, fidelidad

El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6; cf Gn 2,24). "Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana y de la recíproca donación total" (FC 19).

Esta comunión humana es confirmada, y perfeccionada por la comunión en Jesucristo que se da en el sacramento del Matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común. (Cat Ig 1644)

"La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor" (GS 49,2). El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos. (Cat Ig 1645, 46).

Se dan separaciones

Sin embargo, “existen situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas.  En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. 

Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios, ni son libres para contraer una nueva unión.  En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación.  La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble” (Cat Ig 1649).

Pastoral de los divorciados

“Respecto de los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquéllos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados: 

Los invitamos a escuchar la Palabra de Dios, a participar en la celebración de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia; a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios” (Cat Ig 1651).

 

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