AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO

El evangelio de este domingo nos invita a vivir el mandamiento del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Jesús no simplifica la ley, ni reduce su obligatoriedad; lo que hace es profundizarla, señalando que la esencia de los mandamientos, su sentido y su significado profundo consiste en el amor total a Dios y al prójimo como nos amamos nosotros mismos; no reduce sus exigencias, las profundiza, haciendo de ambas, expresión de un doble amor.

 

En ambos casos, el mandamiento genera un compromiso que ha de ser permanente; quien lo cumple una vez, no está liberado de tener que cumplirlo de nuevo, ya que es un amor permanente, tanto hacia Dios, como hacia el prójimo.

Lo fundamental aquí es que no hay distinción entre los dos compromisos, ni podemos saltarnos uno de los dos, por ninguna razón. El mejor culto a Dios pasa siempre por la fraternidad; entenderlo así nos acerca al camino del Reino de Dios; y vivirlo significa convertirnos ya en verdaderos hijos de Dios y hermanos de todos.

La pregunta del escriba fue acerca del primer mandamiento; sin embargo, Jesús habló de los dos mandamientos: del amor exclusivo a Dios y el amor al prójimo como si fueran uno mismo. La ley de Dios quedó así resumida en el amor debido a Dios, lo que es lógico para todo creyente, y en un amor al prójimo que iguale al amor que nos tenemos nosotros mismos.

Nos pone ciertamente en aprietos tener que aceptar que la voluntad de Dios exige de nosotros, sobre todas las cosas, amor a Dios y a los hermanos; es decir, la obediencia que le debemos no se cumple principalmente haciendo lo que se nos manda o evitando lo que se nos prohíbe, sino amando a todos.

Esta es la grandeza del amor, pues quien desee situarse cerca de Dios y del bien, -del Reino de Dios- deberá amar más que obedecer, o de otra manera, obedecerá a Dios porque le ama primero.

Necesitamos amar a Dios, con todas nuestras fuerzas, para poder amar al prójimo como nosotros nos amamos; de hecho, cuanto menos amamos a Dios tanto más odiamos a quienes viven cercanos a nosotros; el amor a nuestro prójimo es la medida de nuestro amor a Dios.

Pidamos al Señor que podamos sentirnos amado por Él, para que nos sea posible a nosotros, sintiendo su amor, amarlo también y por ese amor, ser capaces de amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos.

+ Juan Navarro Castellanos

Obispo de Tuxpan

 

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