DAR DESDE NUESTRA POBREZA

La Palabra de Dios que proclamamos este domingo nos habla de dos mujeres viudas y muy pobres que supieron compartir lo poco que tenían.

El caso de la viuda de Sarepta, que nos trae la Primera Lectura (1 R 17, 10-16) es impresionante. Le quedaba sólo “un puñado de harina y un poco de aceite”. Pero Dios le envía al Profeta Elías que le pide un trozo de pan, y que se convierte a la vez en instrumento de la providencia para que aquella mujer tenga siempre harina y pan para comer.

 

¡Qué generosidad la de esta mujer! Un trozo de pan, un pancito no es mucha cosa. Pero cuando es lo último que a uno le queda, puede ser mucho... ¡demasiado!

El Evangelio tiene también como protagonista a una viuda pobre, a quien Jesús observó depositando dos pequeñas monedas como limosna en el Templo de Jerusalén. Ante ese hecho, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Lo mismo que el panecito de la viuda de Sarepta, estas dos moneditas eran lo último que le quedaba a la mujer de Jerusalén. Y ésta fue aún más audaz en su caridad, porque nadie le estaba pidiendo que diera lo poquísimo que le quedaba y, además, tampoco tenía una promesa profética de que lo poco que le quedaba sería multiplicado y nunca se agotaría.

Dios juzga de distinta manera las acciones y actitudes de los humanos. El aprecia la ofrenda de los pequeños.  De la viuda Jesús resalta su extraordinaria confianza en Dios, que la lleva a darlo todo, sin preocuparse del mañana, pensando que Dios proveerá.

El Señor mide la generosidad no por la cantidad que se da, sino por lo que significa aquello que se da. La limosna y el compartir solidariamente implican darse uno mismo. Y para darse uno mismo, habrá renuncia o privación de algo que necesitamos.

Dar limosna puede ser un acto de mera filantropía, algo muy distinto a la auténtica caridad cristiana. Es lo que hacían los ricos de los que habla el evangelio y  que estaba también observando Jesús. Y los criticó con dureza, no tanto porque daban de lo que les sobraba, sino porque esa abundancia de que disfrutaban la obtenían, muchas veces, explotando a los demás.

 

+ Juan Navarro Castellanos

 

Obispo de Tuxpan

 

 

 

 

 

 

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