DICIEMBRE: ADVIENTO Y NAVIDAD!

 

 El Adviento es un tiempo de esperanza por la salvación que ha de venir, es el tiempo de la alegre y confiada espera. Preparemos el corazón, la casa, las relaciones, para que cuando venga el Señor nos encuentre con un corazón renovado y dispuesto a darle un hogar definitivo entre nosotros.

  

 

 Seamos diligentes como José y María, cumplamos la ley y caminemos al encuentro del que ha de venir para ser la luz y salvación de las naciones.

 

 

 CAPSULA SEMANAL 

DAR DESDE NUESTRA POBREZA

AMAR A DIOS Y AL PRÓJIMO

SEÑOR QUE PUEDA VER

DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES

QUE HACER PARA ALCANZAR LA VIDA ETERNA

 

 

 

  LIBROS Y DOCUMENTOS DIOCESANOS

 

  

 

 

 

 INSTRUMENTUM LABORIS 

DOCUMENTO FINAL SINODO 2018

 

 

 

Hemos iniciado en la Diócesis el Año de los Adolescentes y Jóvenes, dispongamos el corazón para escuchar sus necesidades, confiemos en el Espíritu del Señor que nos iluminará para saberlos guiar y responder a sus inquietudes. También nosotros debemos ser camino para que los jóvenes encuentren al Salvador!

Lecturas del Domingo 18 de Noviembre de 2018

(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Marcos 13, 24-32

Jesús dijo a sus discípulos: «En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.

 

Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.

Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.»

Reflexión

Estamos llegando al fin del año litúrgico y hoy la palabra de Dios quiere que reparemos en que estamos en el final del tiempo de la historia y que esperamos la justicia de Dios

Nuestra preocupación no debe estar en cuándo o cómo será el fin del mundo, sino en asumir nuestra tarea en la construcción del Reino de Dios

En la primera lectura del libro de Daniel dice:

En aquel tiempo, será liberado tu pueblo.... Y muchos que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna y otros para la ignominia, para el horror eterno.

Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.

Este es el primer pasaje del Antiguo testamento donde se afirma con claridad la fe en la resurrección de los muertos.

En Israel nunca se creyó en la resurrección de los muertos, sin embargo en los últimos tiempos antes de la llegada del Mesías, el convencimiento que el Dios piadoso no podía dejar afuera a aquellos que habían dado su vida por la causa del Reino, los llevó a expresar que Dios los resucitaría de entre los muertos y les daría la vida en plenitud.

En el Evangelio de Hoy en Marcos dice Jesús a sus discípulos:

En esos días, después de gran tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del Hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a sus ángeles para que congreguen a sus elegidos.

Después Jesús les hizo una comparación:

Cuando las ramas de la higuera se hacen flexibles y brotan las hojas, se dan cuenta que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, saben que el fin está cerca.

En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.

Al leer esta parábola de la higuera, debemos meditar las palabras de Cristo y compararlas con todos los que pretenden anunciarnos el fin del mundo, con los que ¨profetizan¨ la destrucción del planeta y con el discurso engañoso de las sectas que buscan asustarnos quién sabe con qué oscuros intereses.

Nadie sabe el día ni la hora, sólo el Padre. Entonces a nosotros sólo nos cabe prepararnos para la segunda venida de Cristo con la simplicidad de quien construye el Reino de Dios desde lo cotidiano.

El Reino de Dios es un reino de amor y verdad, por eso nuestra tarea es ir sembrando semillas de sinceridad, de autenticidad, de entrega generosa, de solidaridad, con quienes nos necesitan.

Nuestra tarea como cristianos, es enfocar nuestra vida hacia la construcción del Reino.

Esta tarea no debe apartarnos del mundo, por el contrario, debemos trabajar para que las estructuras sociales sean coherentes con los valores del Evangelio.

La forma en que podemos implantar el Reino, es aplicando la Doctrina Social de la Iglesia en el manejo de los empresas, en las forma de contratación, en el pago de remuneraciones justas.

La forma de implantar el Reino, es haciendo vida la moral cristiana en nuestra vida familiar y social.

Si nos esforzamos, por hacer crecer el Reino de Dios en el mundo, estaremos preparados.

Esta será nuestra forma concreta de mirar los brotes de la higuera, y aunque no importa saber ni el día ni la hora, estaremos listos para recibir gozosos las promesas de Jesucristo.

Al reflexionar en el evangelio de hoy debemos evitar la tentación de interpretar el texto leyendo al pie de la letra, como muchas sectas, porque Dios nos dio la capacidad de descubrir el mensaje para nosotros con los esquemas de nuestra época.

Y el mensaje que trasmite hoy es un mensaje de esperanza y no de terror.

También debemos evitar la tentación de evadir nuestra responsabilidad, preguntándonos por cuestiones que no ayudan a resolver los problemas de nuestra sociedad y de la Iglesia, problemas que se refieren al modo de proceder de Dios, a cómo hará Dios esto o lo otro o a cómo será el fin del mundo...

Todo esto son simples curiosidades, que muchas veces nos son útiles para evadirnos, para no mirar el aquí y ahora de nuestra historia; esta pequeña y breve historia que nos toca vivir, casi mínima, si la comparamos con los millones de años que puede durar la historia del hombre en la tierra.

Dios ha instaurado su soberanía en medio nuestro y se ocupa de nosotros para que aprendamos a ocuparnos de nuestras cosas. Es ridículo entonces que nos ocupemos de

Dios y de tantos misterios sobre los cuales sólo podemos fantasear sin fundamento alguno.

Cada uno de nosotros, tenemos que aprender a respetar la trascendencia de Dios, encontrando a Dios en nuestra vida y asumiendo nuestras responsabilidades aquí en la historia

El tiempo de cada uno de nosotros empieza y termina y seguramente va a terminar así como lo estemos viviendo Hoy.

Jesús nos enseñó a no preocuparnos por el mañana.

Si cada día hacemos bien lo que tenemos que hacer, mañana haremos lo mismo, y así hasta el último día de nuestra vida.

Lo que pase después de la muerte no nos tiene que preocupar si hemos vivido cada día con esta sincera intensidad de vida y de fe.

Por eso en el final de nuestra vida, no va a haber sorpresa alguna, vamos a recoger lo que hemos sembrado, tal como nos indican todas las parábolas de Reino.

Por eso hoy vamos a proponernos descubrir en nuestra vida los signos de un Dios que actúa, como en la higuera, vamos a responder a ese Dios que nos sale al encuentro y nos pide un cambio constante para construir una sociedad más armónica y justa, y vamos a dejar en manos de Dios la justicia total.

Tanto en el libro de Daniel como en las primeras comunidades cristianas, preocupaba la justicia divina de cara a tantas víctimas inocentes. Su mensaje a pesar del lenguaje que es propio de esa época y de esa cultura, es un mensaje de esperanza en la justicia de Dios.

Los cristianos confiamos en la providencia de Dios y creemos con firmeza que habrá una justicia perfecta, tanto para nosotros como para los otros. Pero cómo Dios ejerce o ejercerá esa justicia, no lo sabemos y es mejor que no perdamos tiempo en averiguarlo.

Hoy vamos a pedirle al Señor que acreciente en nosotros la confianza y la esperanza, en su venida y en su Reino, y que nos enseñe a entregarnos generosamente en la parte de la construcción del Reino que nos toca a nosotros.

Lecturas del Lunes 19 de Noviembre de 2018

(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 18, 35-43

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía. Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» «Señor, que yo vea otra vez.»

Y Jesús le dijo: «Recupera la vista, tu fe te ha salvado.» En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

Reflexión

El evangelio de hoy nos muestra el milagro que Jesús hace en premio a la fé y a la constancia del ciego de Jericó, que sin preocuparse de la opinión de los que los rodeaba, grita pidiendo a Jesús que tenga compasión de él.

La fe y la tenacidad del ciego de Jericó nos enseñan a nosotros la manera de pedir en nuestras oraciones al Señor.

Jesús lo escuchó desde el principio, pero lo dejó insistir en su petición. Dejó que el ciego perseverase en su pedido y demostrase su fe. Dejó también que enfrentase las dificultades del ambiente que lo rodeaba. El evangelio nos dice que: Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!

La situación se repite todos los días. El ambiente que nos rodea, la opinión pública, la televisión y tantas cosas parecen que trataran de acallar nuestras manifestaciones de fe.

Pero Jesús recompensa la tenacidad del ciego, lo premia por no desfallecer, y le devuelve la vista.

Acudamos nosotros también, en forma confiada, al Señor, teniendo la certeza que si pedimos con fe lo es conveniente para nosotros, Jesús nos lo concederá.

Pero este evangelio tiene también para nosotros otra enseñanza. El Señor nos hace ver el dolor físico. La vida de este ciego estaría llena de penalidades: problemas económicos, rechazos de la sociedad, mil limitaciones diarias, grandes y pequeñas.

Triste es la ceguera del cuerpo, pero más triste aún es la ceguera del alma: la falta de fe. Aquellos que no tienen fe no ven nada del mundo sobrenatural. No saben quién es Jesús, ni quien es la Virgen. Quien no tiene fe tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. La fe nos da la tercera dimensión, la altura.

Es lamentable la ceguera del que nunca tuvo fe, pero más aún es la del que la tuvo y la perdió. Porque la fe no se pierde sin culpa propia.

Dios no niega a nadie el don de la fe, pero hay que estar dispuesto a recibirla, y poner los medios para perseverar en ella.

También nosotros somos a veces ciegos a la vera del camino. Con frecuencia no vemos claro, y nos apartamos del camino del Señor. Es necesario que Jesús mismo nos dé ojos nuevos. Vamos a darle gracias al Señor por la fe recibida y a pedirle que esa fe crezca cada día en nosotros.

Lecturas del Martes 20 de Noviembre de 2018

(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.

Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador.» Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más.» Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Reflexión

No sólo los pobres son marginados, lo son también muchos ricos esclavizados por la riqueza y acosados por la conciencia.

Zaqueo era muy rico pero estaba marginado por la gente porque era cobrador de impuestos.

Esto lo hacía ser un pecador público en aquella pequeña ciudad de Jericó.

Además era muy bajo., por eso se sube a un árbol para ver a Jesús.

Jesús alza los ojos y se hace invitar, y Zaqueo lo recibe contento.

Jesús hoy también quiere encontrarse con nosotros, y alojarse en nuestro hogar, con nuestra familia.

Zaqueo da el primer paso, busca encontrarse con Jesús, y nosotros también tenemos necesidad de dar el primer paso. Entonces el Señor se nos va a invitar hoy a nuestras casas. Nosotros, igual que Zaqueo, tenemos que disponer todo para servirle.

Cuando alguien recibe en su casa a quien más quiere, lo recibe con alegría, como Zaqueo a Jesús. Por eso en nuestro hogar, debemos experimentar la alegría de recibir a Jesús

Pero Zaqueo nos prueba que no bastan los buenos deseos para convertirse de veras a Dios. Hay que tomar decisiones y ponerlas en práctica.

Zaqueo había robado y promete devolver cuadruplicado a los que ha perjudicado, y del resto de los bienes dar la mitad a los pobres.

Zaqueo ha dicho sí al llamado de Jesús y ha recibido la salvación. En Zaqueo, surge un hombre nuevo y surge la necesidad de reparar el mal que se ha hecho.

Jesús también alcanza su salvación a los ricos, que muchas veces como Zaqueo, viven esclavizados por la injusticia. Allí también se necesita la salvación de Dios y Jesús la ofrece.

Tal vez nos sintamos un poco envidiosos de Zaqueo. Pero nosotros podemos recibir a Jesús en nuestra casa, gozar de su compañía, recibir sus consejos.

Cristo vienen a nosotros en la Sagrada Comunión y nosotros como Zaqueo tenemos que preparar nuestra casa para recibir bien al Señor.

Para preparar nuestra casa, recurramos frecuentemente a la oración, y a la lectura de la palabra de Dios, y por cierto, no desaprovechemos los sacramentos, que Cristo nos dejó para perfeccionar nuestra vida..., para preparar adecuadamente nuestra alma para hospedarlo.

Lecturas del Miércoles 21 de Noviembre de 2018

(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 11-28

Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro.

Él les dijo: «Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida. Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: Háganlas producir hasta que yo vuelva. Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir No queremos que este sea nuestro rey.

Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y le dijo: Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más. Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades.

Llegó el segundo y le dijo: Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más. A él también le dijo: Tú estarás al frente de cinco ciudades.

Llegó el otro y le dijo: Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo. Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado. Él le respondió: Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses.

Y dijo a los que estaban allí: Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más.

¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!

Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia.»

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.

Reflexión

Los contemporáneos de Jesús esperaban un Reino muy inmediato. Los judíos pensaban que la llegada del Reino de Dios consistiría en la entrada de Jesús triunfal en Jerusalén, después de vencer al poder romano. Y ellos especulaban con recibir un lugar privilegiado cuando llegara ese momento.

Para corregir ese error, el Señor les narra la parábola del Evangelio de hoy.

Jesús quiere que comprendan que habrá un tiempo, antes de la llegada del Reino, un tiempo durante el cual, se nos van a confiar responsabilidades.

Y nos muestra, que no basta soñar, con la venida del Reino, hay que hacer negocios, hacer producir, lo que Dios deja en nuestras manos, hasta que él vuelva.

Era costumbre que los reyes de los territorios dependientes del imperio romano fueran coronados por el emperador, y para eso a veces tenían que ir a Roma. En la parábola, el futuro rey, les deja la administración de su país a diez hombres de su confianza, y se marcha a recibir su investidura.

Les entregó cien monedas a cada uno y les encargó, trabajar con ellas hasta su vuelta.

Se trataba de hacer rendir este capital. Y estos hombres cumplieron con el encargo. Trabajaron bien para su Señor durante semanas, meses y años..

Y esto es lo que sigue haciendo la Iglesia, y todos los que pertenecemos a ella, desde Pentecostés, donde recibimos al Espíritu Santo; desde que Jesús nos dejó su palabra y los sacramentos.

Nos toca a nosotros, a cada cristiano, hacer rendir el tesoro de gracias que el Señor deposita en nuestras manos. Este es nuestro mandato mientras el Señor vuelve para cada uno, al final de la vida.

Al cabo de un tiempo, dice el evangelio, volvió aquel Señor hecho rey. Entonces recompensó espléndidamente a aquellos que se preocuparon de hacer rendir lo que recibieron.

Por el contrario, aquel que no trabajó y no multiplicó lo que había recibido, aquel que no glorificó a su amo, fue castigado.

Glorificar a Dios es dedicar las facultades que Él nos da, para conocerle, amarle y servirle. Este es el fin de nuestra vida: Amar a Dios y a nuestro prójimo, con obras y de verdad.

Tenemos que proponernos hacer crecer todos los días de nuestra vida las cualidades y los talentos que el Señor nos dió a cada uno de nosotros, y emplearlas constantemente para ayudar material y espiritualmente a nuestro prójimo.

Lecturas del Jueves 22 de Noviembre de 2018

(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 41-44

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.

Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios.»

Reflexión

En este Evangelio, Jesús, al llegar a Jerusalén y contemplar el exterior y el interior de la ciudad, con todas sus injusticias y todas sus inmoralidades, lloró.

Esa Jerusalén que produce la tristeza del Señor es hoy nuestra alma, cada vez que estamos alejados de Dios.

Por eso nosotros no tenemos que ocuparnos de los males que recayeron en la ciudad de Jerusalén hace casi 20 siglos, sino que tenemos que meditar sobre nosotros, sobre cómo está nuestra alma, porque la ciudad de Jerusalén, para nosotros hoy, es nuestra alma.

Cuando estamos alejados de Dios, nos hacemos merecedores del castigo y nuestra alma se destruye

Cuando el cristiano rechaza a Jesús, rechaza su fe, su gracia, su amor, entonces le sobrevienen todas las penas.

En cambio, cuando estamos cerca de Dios, el Espíritu Santo, penetra nuestra alma, la purifica y empieza a levantar en ella un edificio de virtudes, hasta que se instale en nuestra alma el amor y entonces vamos a conseguir en nuestra vida PAZ .

Sólo cuando tengamos Paz en nosotros, vamos a poder escuchar a Dios. Escucharlo cuando nos dice que está contento con nosotros, que está contento con lo que hacemos de nuestras vidas.

Cada día debemos analizar nuestra vida y preguntarle a Jesús, si cuando el Padre ve nuestra alma, cuando ve nuestra vida, siente ganas de llorar, o si estamos en el camino correcto.

Cuando en este Evangelio dice que Jesús lloró sobre Jerusalén, pensemos también cómo reaccionaría Jesús con nuestras ciudades hoy.

Jesús amaba su patria, su ciudad, y le duele que ella haya rechazado la salvación, y por eso se haya condenado. Jerusalén va a ser destruida unos años más tarde.

Si miramos un poco nuestra ciudad, sin buscar demasiado, encontramos maldad, inmoralidad, soberbia, egoísmos, y sobre todo mucha falta de amor, y entonces, no puede hacerse acreedora a la Paz de Cristo.

Hoy vamos a pedirle al Señor su Paz, porque nosotros queremos que aquí en nuestro pueblo, todos podamos convivir en armonía, porque queremos que nuestros gobernantes sean rectos, porque queremos compartir con aquellos que necesitan más que nosotros.

Nos proponemos hoy, analizar un poco si nosotros amamos a la gente de nuestra ciudad, si amamos a nuestra patria, a nuestro pueblo, como Jesús amó al suyo.

Y si lo amamos, entonces miremos un poco qué podemos hacer qué podemos aportar para solucionar algunos de los problemas de su gente.

Por eso vamos también a pedirle a María que nos ilumine para que siempre sepamos descubrir y rechazar en nosotros y en nuestro pueblo, las cosas que nos apartan de Dios, porque nuestra vida queremos construirla sobre los valores del Reino, y muchas veces estamos ciegos y no nos damos cuenta de que nos alejamos del camino del Señor.

Lecturas del Viernes 23 de Noviembre de 2018

(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 45-48

Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»

Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.

Reflexión

Jesús entró en el templo, dice el Evangelio.

Y ese era el objetivo de la subida a Jerusalén.

Toda la gloria de Jerusalén se encontraba allí, en ese templo, signo de la Presencia de Dios.

Y Jesús entró en el Templo –podemos imaginarnos-, con todo el derecho de quien llega a su propia casa. Pero la encontró convertida en un refugio de ladrones.

Entonces, lo primero que hace es ejercer su autoridad, purificando el lugar, echando de allí a los vendedores.

El Señor manifiesta su celo por la gloria del Padre, que debe reconocerse en el respeto al Templo.

Porque la casa de Dios, es precisamente una casa de oración.

En aquel tiempo, a fin de que todo judío pudiera cumplir con el impuesto sagrado en moneda del templo, estaban allí los cambistas. Luego se permitió el acceso a los mercaderes, que ofrecían las víctimas que se adquirían para ofrecerlas en el templo –bueyes, ovejas, palomas-

Y el Señor, al ver aquel espectáculo, hizo un látigo con las cuerdas y expulsó a los comerciantes y a los que compraban.

El Señor, no quiere que convirtamos su casa en una cueva de bandidos.

Y nosotros hoy, también somos merecedores de los reproches de Jesús, cuando no hacemos de nuestro Templo un lugar de oración.

Nosotros, que tenemos en nuestros templos, la presencia real de Dios en el Santísimo Sacramento, con mayor razón aún tenemos que respetar la casa de Dios.

Tenemos que adoptar la actitud de respeto que merece nuestro Señor.

Acudamos con frecuencia a la casa de Dios a rezar al Señor, a visitarlo. Él nos espera en el sagrario

Este evangelio nos enseña que el Templo, que es la casa de Dios, es el lugar donde él desea especialmente ser adorado y reverenciado de un modo particular, ya que allí se encuentra sacramentalmente presente.

Continúa el pasaje del evangelio diciéndonos que «Todos los día estaba Jesús en el Templo enseñando». El Señor fue al Templo a enseñar. Jesús inauguró un nuevo culto, ese culto donde la palabra es prioritaria.

Jesús valorizó la palabra por sobre los ritos, y nos enseña que el verdadero culto que Dios espera de nosotros es la obediencia a su Palabra, y ese culto no se cumple en un santuario sino en la vida de cada día.

Jesús aprovechó toda ocasión para enseñar a la gente la doctrina del evangelio, y nos enseña a nosotros, que debemos alimentarnos de su palabra

Vamos a pedirle hoy a Jesús, que sepamos gustar de sus enseñanzas, que dediquemos nuestro tiempo a escucharle a través de su evangelio y que busquemos en familia las oportunidades para compartir su palabras con los que nos rodean.

Lecturas del Sábado 24 de Noviembre de 2018

(33ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 20, 27-40

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.

Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él.»

Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Y ya no se atrevían a preguntarle nada.

Reflexión

Los saduceos formaban una especie de movimiento o asociación, de la que formaban parte las familias de la nobleza sacerdotal. Desde el punto de vista teológico eran conservadores... rechazaban toda evolución del judaísmo. Por ejemplo permanecían anclados en las viejas concepciones de los patriarcas que no creían en la resurrección... y no admitían algunos libros recientes de la Biblia, como el libro de Daniel

Para atacar la creencia en la resurrección, los Saduceos tratan de ridiculizarla ¡aportando una cuestión doctrinal que se discutía entonces, como era el caso de una esposa que lo había sido de siete hermanos. Quieren demostrar con eso que la resurrección no tenía ningún sentido.

En tiempos de Jesús, mientras los saduceos no creían en la resurrección, los fariseos, pensaban en la vida de resucitados como simple continuación de su vida terrestre. Jesús entonces, les dice a ambos, que la resurrección existe y supone un cambio radical.

Ese mundo de resucitados es un mundo donde la gente no muere más y donde entonces no es necesario engendrar nuevos seres.

Al referirse Jesús al libro del Éxodo donde Moisés dice que el Señor es el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, aclara que Dios es un Dios de vivos.

Es la afirmación referida a una escritura no cuestionada por los saduceos, deja clara la certeza de la resurrección. Si Abraham, Isaac y Jacob estuviesen muertos, esas afirmaciones serían irrisorias.

Nuestros difuntos son unos «vivientes», viven «por Dios».

Y para tener esa fe, es preciso «creer en Dios». Es preciso creer que es Dios quien ha querido que existiésemos, quien nos ha dado la vida. Es preciso creer que es Dios quien ha inventado la maravilla de la «vida»; quien llama a la vida a todos los seres que Él quiere ver vivos. Dios no desea encontrarse un día solamente con cadáveres y cementerios.

¿Cómo será esa nueva vida a la que nos llama?

No lo sabemos. ¡Es preciso confiar!

¿Acaso somos capaces de comprender todo lo creado por Dios?

¡Hay tantas maravillas inexplicadas en la creación!

Por eso más que preocuparnos por pensar cómo va a ser nuestra resurrección, ocupémonos más bien de agradar a Dios mientras tenemos este corto paso por el mundo y ¡creámosle a Él!, cuando nos habla de las maravillas que el Padre tiene preparadas para quienes le aman.

Pidámosle hoy a María a ella que fue capaz de creerle a Dios como ninguna otra criatura humana,- también como nosotros sin «entender» todo-, que nos ayude a vivir de cara a Dios para merecer un día esa resurrección prometida.

 

 

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HOMILÍAS

  • ENSEÑANOS SEÑOR EL CAMINO DE LA VIDA

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    Estamos llegando al fin del año litúrgico y la palabra de Dios de este domingo ordinario no.33 del tiempo ordinario, nos recuerda que estamos en el final del tiempo de la historia y que hemos de prepararnos al encuentro con la justicia de Dios. 

    En la Biblia hay dos libros apocalípticos: El libro de Daniel y el Apocalipsis de Juan. Pero hay algunos párrafos de otros libros que tienen esta forma literaria. Por ejemplo, el evangelio de hoy, que forma parte de un párrafo mayor: Mc 13,1-31. Los estudiosos de la biblia lo llaman discurso escatológico de Jesús. La liturgia de este domingo nos propone unos textos que pertenecen al género apocalíptico, sin duda es extraño para nosotros, pero era frecuente entre grupos judíos y cristianos de los primeros siglos.

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  • SEÑOR QUE PUEDA VER

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    Este episodio de la curación de un ciego sucedió cuando Jesús está subiendo a Jerusalén, cerca de la fiesta de la Pascua. Jesús había anunciado a sus discípulos su próxima pasión, y ellos no entendieron, no eran capaces de “comprender” lo que Jesús quería decirles. Y en ese contexto, tiene lugar esta curación del ciego de Jericó. El evangelio presenta la impactante figura de este ciego llamado Bartimeo, que pedía limosna y llamó desde una considerable distancia, pidiendo la ayuda de Jesús. ¿Cómo sucedieron los hechos?

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  • DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES 2018

    DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES

    El Domund es el día en que, de un modo especial, la Iglesia universal reza por los misioneros y colabora económicamente con las misiones. Se celebra en todo el mundo el penúltimo domingo de octubre, el “mes de las misiones”.  Con los donativos recibidos, se colabora con la labor evangelizadora y la promoción social que hacen los misioneros en distintos lugares del mundo.

    La Jornada Mundial de las Misiones, el Domund, que hoy celebramos, nos invita a trabajar por “cambiar el mundo”. El Mensaje del Papa para esta Jornada indica que la misión es propia de corazones jóvenes que contribuyen “al crecimiento cultural y humano de tanta gente sedienta de la Verdad”.

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  • QUE HACER PARA ALCANZAR LA VIDA ETERNA

    QUE HACER PARA ALCANZAR LA VIDA ETERNA

    En la primera lectura de la misa dominical el libro de la Sabiduría nos recuerda que, en comparación con el conocimiento de Dios, que da sentido a la vida, todo lo demás pierde valor.

    Jesús, el Dios hecho hombre, es la Sabiduría infinita, que se hace accesible a los hombres, que están dispuestos a escuchar su palabra.

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RELEVANTES

  • TRADUCCIONES DE LA BIBLIA

     

    El Nuncio Apostólico en Estados Unidos, Mons. Christophe Pierre, recuerda que “desde tiempos ancestrales, ha existido en nuestra tradición católica una gran preocupación por saber enseñar, orar y divulgar las Sagradas Escrituras al fiel pueblo de Dios”.

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  • LECTURAS DEL 18-24 DE NOVIEMBRE

    Lecturas del Domingo 18 de Noviembre de 2018

    (33ª Semana. Tiempo Ordinario)

    + Marcos 13, 24-32

    Jesús dijo a sus discípulos: «En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.

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  • ORACION POR LA PAZ

    Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tu nos amas. María Madre auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal, Ten piedad Señor de nosotros, los que a ti nos encomendamos, te lo rogamos por tus méritos y los de tu amorosa Madre. Ten piedad y se nuestra Roca y Baluarte.

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  • DEI VERBUM

     

    CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA
    DEI VERBUM  
    SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN

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