AGOSTO

 

 

 ORACIÓN POR LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

 

Alégrate y gózate Hija de Jerusalén

mira a tu Rey que viene a ti, humilde,

a darte tu parte en su victoria.

 

Eres la primera de los redimidos

porque fuiste la adelantada de la fe.

 
Oración completa Aquí

 

LIBROS Y DOCUMENTOS DIOCESANOS

 

CAPSULA SEMANAL

NO SOLO DE PAN VIVE EL SER HUMANO

ESTAR CON JESÚS Y DESCANSAR CON EL

NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA

DIA DEL PADRE

EL SEÑOR ASCENDIO A LOS CIELOS

 

 

 

XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos 

 “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”

 Octubre de 2018 

 

 

 

Lecturas del Domingo 22 de Julio de 2018

(16ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Marcos 6, 30-34

Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

 

Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco.» Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Reflexión

En el comienzo del pasaje del Evangelio de hoy, San Marcos relata que los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Debemos imitar ese trato de los discípulos con Jesús. Esa confianza que tienen para contarle sus cosas. En eso consiste la oración: en confiar al Señor los acontecimientos de nuestra vida. A veces le confiamos los hechos que nos entusiasman, como hacían los primeros discípulos de Jesús. Podemos suponer que ese relato de los apóstoles estaría seguido de las palabras de Jesús, guiándolos, dirigiéndolos, alentándolos. Pero otras veces, contando al Señor nuestras dificultades, nuestros problemas. Con la seguridad de que vamos recibir del Señor el consuelo y la paz que en cada momento necesitemos.

La oración, el trato frecuente, y sincero con el Señor es una necesidad para la vida de todo bautizado, y una condición previa e indispensable para encarar cualquier tarea de apostolado.

Continúa el evangelista contando que entonces Jesús les dice a los apóstoles: Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco. Resulta alentador escuchar que los discípulos también se cansaban y que Jesús los invita a descansar.

Cuántas veces nosotros llegamos al límite de nuestras fuerzas físicas y espirituales.

Cuantas veces, al terminar las tareas de todos los días, y después de habernos empeñado en cumplirlas como Dios nos manda, terminamos rendidos.

La invitación a descansar es, en esos casos, también para nosotros.

Nuestra paz interior tiene una importancia fundamental para toda nuestra vida, tanto en el aspecto espiritual como en todas las otras dimensiones del hombre: en lo afectivo, en lo humano, en lo intelectual y hasta en lo físico. Además necesitamos tener paz, para transmitirla a quienes nos rodean. .

Es por eso que debemos poner los medios para alcanzar esa paz. Ante todo, necesitamos pedirla al Señor, tanto como pedimos cualquiera de los bienes que consideramos más esenciales para nuestra vida.

Además debemos hacernos el propósito de retirarnos con frecuencia a nuestra soledad interior, porque es allí donde podremos escuchar la voz del Señor. No deberíamos dejar pasar un solo día en el que, las cosas «urgentes» nos impidan alcanzar las importantes. Y nuestra relación con el Señor en soledad, nuestra oración personal y la serena reflexión que nos lleve a recuperar la paz y a alimentar su crecimiento en nosotros, es una de las cosas que debemos valorar en grado sumo.

A Dios lo encontramos dentro de nosotros mismos, en las luces del amanecer y en los colores de una puesta de sol; cuando todo duerme en el silencio de la noche; en la tranquilidad, cargada de profundo recogimiento que encontramos en el templo cuando acudimos a hacer una visita al Santísimo.

Encontramos también al Señor en la apartada soledad del dormitorio.

Descansar no significa no hacer nada o perder tristemente el tiempo viendo durante horas programas de televisión que no dejan ningún provecho. Tampoco se trata de tomar vacaciones de Dios. Descansar es ocuparse de otras actividades útiles para nosotros y nuestro prójimo. Hacer algo de provecho para nuestra casa, nuestra familia o quienes nos rodean.

Para una madre que durante toda la semana lleva adelante la casa y los hijos, descansar puede ser leer un buen libro. Para el estudiante, descansar después de sus exámenes puede ser practicar apasionadamente un deporte. Para un padre, descansar después de un día fuera de casa, puede ser ponerse a jugar con sus hijos menores, o ayudarlos con sus tareas.

San Marcos nos relata que entonces los discípulos fueron solos con Jesús en la barca a un lugar desierto. Difícilmente pueda haber un descanso más eficaz y fructífero que retirarse con el Señor a un lugar alejado. Poder estar a solas con el Señor, y separados del mundo por unas horas o unos días.

Algunas veces se nos presentan oportunidades de participar en alguna charla o una meditación, en algún lugar apartado de nuestros hogares, que facilita la predisposición al recogimiento y a la oración. Es una experiencia que vale la pena. En estos momentos se revisa la vida pasada, se renuevan los propósitos personales, se hacen planes para el futuro...

San Marcos termina el evangelio relatando que al verlos partir, muchos los reconocieron a los apóstoles; y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Sucede a menudo que, como a los apóstoles, podemos tener nuestros planes, que por un motivo u otro se frustran. Después de una larga jornada los apóstoles son invitados por Jesús a descansar. Pero Dios les pide todavía algo más.

Cuantas veces creemos que nuestro día ya ha terminado. Que merecemos sobradamente un descanso.

Y ocurre un imprevisto que nos demanda todavía un esfuerzo más: Un jefe que en el trabajo nos requiere un trabajo extra. Un vecino que viene a casa a pedir una ayuda impostergable. Un hijo, que sin el auxilio de su padre no sabe como hacer la tarea del colegio.

Esos son los casos que deben ser aprovechados especialmente para ofrecerlos al Señor.

En esas situaciones hay que continuar trabajando con buen ánimo, con alegría, como si fuera la primera tarea del día.

De nada sirve rebelarnos y protestar. Desperdiciamos una ocasión para agradar a Dios y además, con mala predisposición, la tarea se nos hace más pesada.

Hoy, vamos a pedir a María que, como los discípulos del evangelio, acudamos a Jesús en toda ocasión en que nos encontremos con cualquier tipo de necesidad, espiritual o material, en la confianza de que Él nos va a enseñar el camino hacia la felicidad verdadera.

Lecturas del Lunes 23 de Julio de 2018

(16ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 12, 38-42

Algunos escribas y fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, queremos que nos hagas ver un signo.»

Él les respondió: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón.»

Reflexión

Este pasaje del Evangelio nos muestra nuevamente a los judíos pidiendo al Señor un signo. Quieren ver a Jesús hacer un nuevo milagro que les vuelva a mostrar que Jesús era el Mesías esperado. Querían a toda costa que Jesús confirmara con el espectáculo lo que predicaba con su palabra y su vida. Querían algo extraordinario, fuera de lo común, algo que les golpeara la imaginación y los sentidos. En el lenguaje de la sociedad de consumo de hoy, diríamos que estaban buscando un hecho impactante, una noticia de primera plana.

Y el Señor, conociendo que si en el hombre no hay una verdadera predisposición a recibir la verdad, cualquier prodigio resultará inútil, se niega a hacer un nuevo milagro y les contesta que solamente les dará la señal de Jonás.

La respuesta que Jesús les dio a los judíos fue: Porque del mismo modo que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así también el Hijo del Hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra.

Con estas palabras, Jesús nos muestra que su Resurrección de entre los muertos tres días después de su muerte en la Cruz, es la «señal» por excelencia. Que ese es el milagro más importante que hizo el Señor, y nos tiene que bastar para creer en Él.

Hoy, a nosotros también nos pasa que pedimos nuevos milagros para creer en el Señor y convertirnos a Él. La Resurrección del Señor no nos basta para decidirnos a seguirlo verdaderamente.

Pero si no estamos dispuestos a creer y convertirnos, por más milagros que se realicen, no creeremos. Si no existe una buena predisposición, hasta los mayores prodigios pueden ser mal interpretados. El milagro es sólo una ayuda a nuestro razonamiento para que creamos en Dios. Pero si falta la disposición interior, si nuestra mente está llena de prejuicios, solo se verá la oscuridad, por más que tengamos adelante la luz más brillante.

En el Evangelio, Jesús les dice a los judíos que los habitantes de Nínive se arrepintieron y cambiaron su conducta ante la predicación de Jonás, y agrega: y aquí ustedes tienen mucho más que Jonás.

Nosotros también hemos recibido mucho más que la predicación de Jonás. Hemos recibido muchas más gracias, que los ninivitas del Antiguo Testamento. Jonás no fue más que un profeta del Señor. No es cuestión que sigamos pidiendo señales al Señor, sino que acojamos las enseñanzas que nos dejó el mismo Jesús en el Evangelio.

Pidamos a nuestra Madre, ella que estuvo entre las primeras en reconocer la Resurrección de su Hijo, que nos ayude a reconocer siempre en Jesús, al Hijo de Dios que murió en la Cruz y resucitó al tercer día para salvarnos.

Lecturas del Martes 24 de Julio de 2018

(16ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 12, 46-50

 Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.»

 Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Reflexión

Jesús en su predicación, es rechazado por los jefes del pueblo, y seguido por mucha gente, y el Señor ha formado una nueva familia, distinta de la familia natural, un nuevo pueblo. Y esa familia de Jesús, está abierta a todos los que lo quieren seguir y aceptar la voluntad del Padre.

El episodio de que nos habla el evangelio, ocurre cuando Jesús se halla rodeado de esa nueva familia que eran sus discípulos, la gente que lo seguía. Hoy la familia de Jesús es la Iglesia, de la que todos nosotros formamos parte desde nuestro Bautismo.

Cada uno de nosotros, somos familia de Jesús,.. pero el Señor nos dice que lo somos, en tanto cumplamos la voluntad de nuestro Padre del Cielo.

Jesús se dirige a la gente y les dice que su madre y sus hermanos, son los que hacen la voluntad del Padre. Y esas palabras son un elogio para María. Ella fue la mejor de los discípulos del Señor, porque fue la criatura humana más obediente a la voluntad del Padre. María dijo siempre Sí, a la voluntad de Dios.

Las palabras de Jesús, más que un desprecio a su Madre, son una ALABANZA, a quien mejor ha sabido escuchar y poner en práctica la palabra del Señor.

María es más madre de Jesús, por su obediencia a Dios, que por ser físicamente la Madre de Jesús.

Y este evangelio, nos lleva a pensar en qué lugar estamos cada uno de nosotros.

En el momento de nuestro bautismo, nos hicimos Hijos de Dios y hermanos de Cristo,.. pero hoy ¿realmente seguimos siendo familia de Jesús?

Haber recibido el Bautismo, no es suficiente, para ser hermanos de Jesús, tenemos que abrirnos al Espíritu Santo y abrazar con alegría la causa de Jesús y comprometernos con el Reino.

Nos une un Padre común, y seremos sus hijos y hermanos de Jesús, si en cada momento de nuestra vida, decimos como María, Sí, que se cumpla en mí tu palabra.

Vamos a pedirle hoy a ella, a nuestra Madre, que nos ayude a ser dóciles a la voluntad de Dios, para hacernos merecedores a ser familia de Jesús.

Lecturas del Miércoles 25 de Julio de 2018

(16ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 20, 20-28

La madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.

«¿Qué quieres?», le preguntó Jesús.

Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

«No saben lo que piden», respondió Jesús. «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?»

«Podemos», le respondieron.

«Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre.»

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Reflexión

Santiago y su hermano Juan, a quienes el Señor dio por sobrenombre «los hijos del trueno», por su impetuosidad, son testigos privilegiados de la transfiguración del Señor en el monte Tabor, de la resurrección de la hija de Jairo, y acompañaron a Jesús en Getsemaní.

El evangelio de hoy, nos narra un acontecimiento singular de la vida de Santiago, cuando su madre pide a Jesús que les reserve a sus hijos dos puestos eminentes en el nuevo reino.

Jesús entonces les pregunta a ellos, si pueden compartir con Él su cáliz...., su misma suerte. Y ellos le respondieron: «¡Podemos!»

Manifestaron su total disponibilidad. Esa disponibilidad propia de la gente joven y propia también de los cristianos que aceptan ser apóstoles del Evangelio.

Jesús, aceptó la respuesta generosa de los dos discípulos.

Poco tiempo más tarde, hacia el año 44, Santiago moriría decapitado por orden de Herodes y Juan sería probado con innumerables padecimientos y persecuciones a lo largo de su vida.

A cada uno de nosotros, cuando estamos ante las contrariedades, la enfermedad, el dolor, Jesús nos hace la misma pregunta «¿pueden beber de mi cáliz’?». Y nosotros, si estamos unidos a Él, sabremos responderle afirmativamente, y llevaremos con paz y alegría también aquello que humanamente no es agradable.

Con Cristo, hasta el dolor y el fracaso se convierten en gozo y en paz.

Desde que Santiago manifestó sus ambiciones, no del todo nobles, hasta su martirio, hay un largo proceso interior.

Poco a poco, conservando su propia personalidad, fue aprendiendo que el celo por las cosas de Dios, no puede ser áspero y violento, y que la única ambición que vale la pena es la gloria de Dios.

Cuenta Clemente de Alejandría que cuando el Apóstol era llevado al tribunal donde iba a ser juzgado, fue tal su entereza que su acusador se acercó a él para pedirle perdón. Santiago... lo pensó. Después lo abrazó diciendo: «la paz sea contigo» y recibieron los dos la palma del martirio.

El meditar hoy sobre la vida del Apóstol Santiago, nos ayuda comprobar sus defectos y flaquezas. Pero junto a estas deficiencias y fallos, tenían un corazón dispuesto a seguir a Jesús, y el Señor, pasa por alto sus defectos y los invita a compartir su suerte.

Jesús con paciencia infinita, conociendo nuestras debilidades nos llama a cada uno de nosotros y nos alienta a seguir adelante con humildad.

Pidámosle hoy a María, a ella que acompañó al apóstol Santiago en su tarea apostólica que nos dé siempre el aliento y la alegría para sobrellevar las contrariedades y seguir adelante en nuestro camino.

Lecturas del Jueves 26 de Julio de 2018

(16ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 13, 10-17

Jesús dijo a sus discípulos:

«Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.»

Reflexión

Entre quienes tuvieron la dicha de conocer al Señor se encontraron judíos que cerraron su corazón y a pesar de haber presenciado sus obras y escucharon sus palabras se negaron a creer.

Jesús, en este pasaje, alaba a aquellos que, por el contrario, se mostraron dóciles a la gracia y abiertos a reconocerle como el Mesías y acoger sus enseñanzas.

Felices, llama el Señor a sus discípulos.

En efecto, los profetas del Antiguo Testamento, durante siglos habían vivido con la esperanza de gozar un día de la paz del Mesías que iba a venir, pero murieron sin alcanzar esa dicha en la tierra. El anciano Simeón, al fin de su vida, se llenó de gozo al contemplar a Jesús Niño, que era presentado en el Templo.

Los discípulos que durante la vida pública del Señor tuvieron la gracia de verlo y de acoger sus enseñanzas, al cabo de los años recordaron siempre este privilegio.

En este pasaje del evangelio se nos presenta una escena que se repite ahora y siempre. Anverso y reverso de una situación: los que oyen la Palabra de Dios y la aceptan, y los que la rechazan, haciéndose responsables de la esterilidad en ellos de la Palabra divina.

No es Dios quien endurece el corazón del hombre; la misión del Señor es docente y salvadora: enseña que quiere salvar, que ha venido para salvar a toda la humanidad y que ofrece todos los medios para que el hombre reciba la salvación. Pero es el hombre el que debe reconocer y aceptar esa salvación; de lo contrario, el gesto salvador de Dios puede quedar estéril por falta de correspondencia del hombre.

¡Felices vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!, nos dice el Señor.

Nuestro corazón no está endurecido. Siente las cosas de Dios y escucha su Palabra. Por eso somos felices y por eso la gracia del Señor puede actuar en nosotros y dar frutos, si es que nosotros respondemos con generosidad a sus inspiraciones. Somos de verdad, hijos de predilección.

¡Cuántos hubieran respondido mejor que nosotros, si ellos hubieran recibido las gracias de las que nosotros hemos recibido!.

Es por eso que no debemos tenernos por mejores que nadie, pues no sabemos cómo hubieran respondido los demás, y en cambio, nos consta la poca respuesta de nuestra parte.

Vamos a pedir hoy al Señor que nos dé unos ojos nuevos, unos oídos atentos. La revisión de la vida consiste en mirar de nuevo con los ojos de la fe, los acontecimientos que a primera vista se ven con una mirada simplemente humana.

Los hechos de nuestra vida requieren siempre una mirada desde la fe.

Aunque a veces nos parezca escondido, en todos los acontecimientos de nuestra vida, Dios está presente y nos habla. Nos podemos quedar en el exterior de las cosas y de los acontecimientos, o bien, «ver» y «oír» en lo profundo de las situaciones humanas y alcanzar la dicha que el Señor nos anuncia en el Evangelio: ¡Felices vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!

Vamos a pedirle hoy a María, nuestra madre y maestra, a ella que es ejemplo de escucha y docilidad a la palabra de Dios, que interceda por nosotros para que abramos nuestros ojos y nuestros oídos al Señor.

Lecturas del Viernes 27 de Julio de 2018

(16ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 13, 18-23

Jesús dijo a sus discípulos:

«Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno.»

Reflexión

Es el mismo Jesús quien se preocupa de explicar la parábola de la semilla, que San Mateo la presenta al principio del Capítulo 13 de su Evangelio.

El Señor nos habla de cuatro grupos de oyentes de la Palabra de Dios. Los tres primeros, no entienden la Palabra de Dios, aunque la oigan.

¿Quién acogerá la palabra de Dios? Esto no es cuestión de inteligencia o de capacidad para reflexionar o de interés por las cosas religiosas: la reciben los que están abiertos a la esperanza.

A los primeros, que son los que están a lo largo del camino, no les interesa la palabra que les llegó, ya sea porque su egoísmo no los deja ver más allá de sus intereses, o porque ya han orientado sus vidas hacia otros fines. El demonio les ha quitado la semilla que el Señor depositó en su corazón.

En seguida encontramos a los que no saben enfrentar la contradicción y se desaniman o se acobardan: inmediatamente se vienen abajo. Estos no entienden que esperar es mantenerse firme a pesar de los obstáculos. No han descubierto que la esperanza es perseverancia y valentía, y que la inconstancia impide que la Palabra dé sus frutos.

Luego vienen los que se sembraron entre espinos. Estos creen,... pero las excesivas preocupaciones por las cosas materiales ahogan la semilla de la espiritualidad. Quieren «salvar su vida», e intentan servir a la vez a Dios y al Dinero. La búsqueda del éxito material los tiene amarrados y, en ellos, la esperanza del Reino no es más que un deseo impotente. El egoísmo y el amor al placer es lo que más se opone a las inquietudes del espíritu.

Finalmente, hay otro grupo, tierra fértil y dispuesta, que siempre produce fruto abundante. En este grupo, la Palabra de Dios se convierte en salvación y en vida. La Palabra de Dios se encarna en ellos en cada uno de sus actos y circunstancias.

La semilla es la Palabra de Dios, pero a esa semilla es necesario cultivarla, cuidarla. Es necesario preparar el suelo, abonarlo, labrarlo y regarlo.

Tenemos que cuidar en nosotros la Palabra de Dios, para que produzca frutos.

Creer, y no convertir nuestra vida, no producir frutos de buenas obras, indica falsedad en la fe. La iniciativa viene de Dios, pero debe ser acompañada por el hombre, que se abre a su Palabra. Dios siembra sobre todos los campos. Él hace salir el sol sobre todos los campos, sin excluir a nadie del Reino.

A nosotros nos deja la libertad de abrirnos o no a su amor.

Vamos a pedir hoy a María que nos ayude a preparar la tierra de nuestro corazón, para que en ella la Palabra de Dios de siempre abundantes frutos.

Lecturas del Sábado 28 de Julio de 2018

(16ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 13, 24-30

 Jesús propuso a la gente otra parábola:

 «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?

 Él les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo

 Los peones replicaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?

 No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.»

Reflexión

El Evangelio de la misa de hoy nos presenta la parábola del trigo y la cizaña.

El mundo es el campo donde el Señor siembra continuamente la semilla de su gracia. Pero el evangelio nos dice que «mientras los hombres dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue».

La cizaña es una planta que crece en medio de los sembrados al mismo tiempo que estos. Es tan parecida al trigo que antes de que se forme la espiga es muy difícil distinguirla. Más tarde, mezclada con la harina buena, contamina el pan y es perjudicial para el hombre. Sembrar cizaña entre el trigo era un acto de venganza que fue habitual en Oriente. Las plagas de cizaña eran muy temidas porque podían hacer perder toda una cosecha.

En el mundo no siempre es fácil distinguir el buen trigo de la verdad, de la cizaña del error, porque esta cizaña del error se nos presenta camuflada de verdad. Teorías y doctrinas, que se ponen el ropaje evangélico, orientaciones doctrinales que falsamente invocan estar confirmadas por textos de la Iglesia, etc. pueden ser hábil cizaña que difunde el mal antes de que podamos advertirlo. Debemos tener siempre presente que es propio del demonio mezclar el error con la verdad, y difícilmente se distinguen, pero después, el error siempre produce consecuencias graves para el pueblo de Dios.

La parábola no ha perdido nada de actualidad. El enemigo de Dios y de las almas utiliza todos los medios humanos posibles. Así vemos como se desfiguran determinadas noticias,... como se silencian otras,... cómo se propagan ideas demoledoras sobre el matrimonio,... cómo se propugna el aborto,... o se siembra la desconfianza ante los sacramentos y se da una idea pagana de la vida. En el mundo y en cada corazón humano es donde el Señor y el demonio siembran. Dios siembra semillas de bondad, de amor, de sencillez y humildad. Pero el Maligno siembra semillas de ideas perversas, de prácticas anticristianas, de costumbres inmorales: cizaña son las pasiones desordenadas, la vanidad, la soberbia, el egoísmo. Es necesario velar día y noche y no dejarse sorprender. Vigilar para poder ser fieles al Señor.

En el mundo coexisten el buen trigo y la cizaña. Dios permite que puedan estar juntos los justos y los pecadores, para que los justos se purifiquen y se santifiquen con los defectos y las persecuciones de los demás, y para que los pecadores tengan tiempo y oportunidades de corregirse de su pecado y empezar a obrar el bien.

Dios es infinitamente paciente. Es tardo para el castigo y rico en misericordia. Nosotros, en cambio podemos caer en la tentación de ser impacientes y alterar los términos: rápidos para el castigo y de muy poca misericordia para los demás.

Dios se ha reservado el «juicio» para el final de los tiempos: hasta la siega. Mientras tanto, los hombres no tenemos derecho a juzgar. Es cierto que nos cuesta admitir el estado actual del mundo: muchas veces tenemos la tentación de restaurar por la fuerza el orden del mundo antes del tiempo fijado por Dios.

El Señor es paciente: soporta la cizaña y soporta el daño que la cizaña causa al buen trigo. Cuando sus discípulos quisieron hacer llover fuego sobre un poblado que había rechazado a Jesús, el Maestro se los prohibió.

Hoy, vamos a pedir a nuestra Madre, que siempre permanezcamos vigilantes para que en nuestros corazones solo exista la buena semilla que siembra el Señor. Y que seamos pacientes con aquellos que necesitan rectificar su conducta.

Lecturas del Domingo 29 de Julio de 2018

(17ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Juan 6, 1-15

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»

Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.

Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»

Jesús le respondió: «Háganlos sentar.»

Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada.»

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo.»

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Reflexión

El acontecimiento de la multiplicación de los panes y los peces es constatado repetidamente en el Evangelio, ya porque fueron al menos dos veces que el Señor realizó ese milagro, ya por la notable impresión que ese milagro produjo en aquellas gentes.

Jesús no se preocupa exclusivamente de las necesidades espirituales de los que le siguen; también atiende las necesidades de orden material; así en la oportunidad que nos narra el Evangelio de hoy «al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia El mucha gente», ya conoció que eran gentes necesitadas y en el acto determinó realizar un maravilloso milagro, a fin de subvenir a aquella necesidad y darles de comer; y así multiplica milagrosamente aquellos panes y aquellos peces, que llevaba consigo un muchacho.

Pero este texto de San Juan, tiene además un marcado carácter litúrgico y eucarístico. Aunque Jesús pregunta a los discípulos, en concreto a Felipe, cómo se podría dar de comer a la enorme multitud en el desierto, él sabe perfectamente lo que va a hacer.

El Señor toma la iniciativa.

Sin embargo, quiere servirse de la buena voluntad de aquel muchacho que tienen cinco panes de cebada y dos peces.

Y lo hace, para enseñarnos a nosotros que cuando compartimos, Él se hace presente multiplicando los panes.

En este texto, es Jesús mismo, que toma los panes y los pescados, da gracias al Padre y los reparte a los que estaban sentados.

Todos quedaron satisfechos y entusiasmados.

Conviene detenerse en la actitud de Jesús. En el respeto con que Jesús toma los panes y da gracias al Padre.

El Señor sabe que siempre cuenta con su Padre. Pero precisamente por eso, es más agradecido con Él.

Esto nos enseña mucho a nosotros, que tantas veces, nos olvidamos de agradecer a Dios por todo lo que recibimos de sus manos.

Cuántas veces pensamos que es mérito nuestro el tener en nuestras mesas el pan de cada día.

La actitud de Jesús, debe hacernos reflexionar,... Aprendamos a agradecer a Dios por los dones que recibimos de sus manos amorosas.

Después de dar gracias, Jesús multiplica el pan.

Sólo Jesús puede dar el Pan de Vida.

Y después de repartirlo, pide a sus discípulos que recojan las sobras.

En este gesto, el Señor nos enseña a ser cuidadosos, a no desperdiciar los bienes de todos que recibimos de Dios.

Este pasaje del evangelio, es figura de la Eucaristía, donde el Señor da en alimento su cuerpo.

Por eso no desaprovechemos el alimento que Jesús quiere darnos.

El Señor nos espera en el sacramento de la reconciliación y en la Eucaristía, para alimentar nuestros cuerpos fatigados y devolvernos las fuerzas para seguirlo.

Lecturas del Lunes 30 de Julio de 2018

(17ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 13, 31-35

Jesús propuso a la gente otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Reflexión

Entre los judíos, hablar del grano de mostaza, equivalía a decir que algo era tan pequeño que no tenía valor.

Y Jesús se vale de esa idea para expresar, qué pasa con el Reino de Dios.

El Reino de Dios comienza tan modestamente como el grano de mostaza, pero tiene suficiente fuerza y vigor para expandirse.

Tanto el grano de mostaza como la levadura, son insignificantes en sus comienzos, son demasiado pequeños,... pero del grano de mostaza crece una planta robusta, que hasta puede dar abrigo a los pájaros. Y la levadura es un fermento, insignificante a la vista, comparada con la harina, pero que transforma, fermenta, toda la masa del pan.

Dios quiere llegar al hombre a través de cosas sencillas, tan sencillas como el grano de mostaza, pero muchas veces los hombres, no entendemos los caminos de Dios. Caemos en el error de despreciar muchas veces las cosas pequeñas, pensando que Dios va a dar grandes comienzos y preparativos para sus obras.

Todo lo contrario, cuánto mayor es la obra pretendida por Dios, más insignificantes suelen ser los comienzos. El Señor suele valerse de pequeños instrumentos, para alcanzar grandes fines.

Y el Reino de Dios, pasa con frecuencia por momentos difíciles,... por fracasos -humanamente hablando-,... por persecuciones..., pero su éxito está asegurado, porque sólo necesita de la colaboración pequeña del hombre, todo el resto lo pone Dios.

Cada cristiano, cada uno de nosotros, somos como ese poquito de levadura que es capaz de fermentar la masa del pan. Nosotros, somos capaces de ser levadura en nuestro ambiente, allí donde el Señor quiso que estemos en el mundo

Y nos pide Jesús, que seamos un fermento bueno, que seamos fermento del bien, fermento que traiga al mundo a Cristo, su vida y su evangelio.

Nuestra vida debe irradiar a Cristo, para que en el mundo podamos ser el fermento que Él necesita para hacer crecer su Reino.

Pero somos débiles y tenemos muchas fallas. Debemos luchar para ir vaciando nuestra alma de todo lo que nos aleja de Jesús, para que poco a poco nos llenemos de Él y podamos trasmitirlo al mundo.

Le decimos hoy al Señor, que queremos ser sus instrumentos, que queremos ser esa levadura buena que desde dentro transforme nuestro ambiente, que nos dé el valor y la fuerza de cambiar todo lo que sea necesario para cumplir con la misión que pensó para nosotros

Lecturas del Martes 31 de Julio de 2018

(17ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 13, 36-43

Dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.»

Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.

Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

Reflexión

Jesús explicó la parábola a sus discípulos diciendo: El que siembra la semilla buena es el Hijo del Hombre. Todo bien procede de Dios. Él es el que siembra en los corazones la buena doctrina y la vida del Reino. A Él debemos pedir todo lo bueno que necesitemos.

El campo somos cada uno de nosotros. Es nuestro corazón, en el cual pueden crecer tanto las semillas de trigo, como las de la cizaña. Que puede crecer tanto el bien, como el mal.

Pero también el campo es el mundo entero, sin discriminaciones, exclusivismos o preferencias. La doctrina de Jesús es para todo el mundo. Nuestra Iglesia es Católica, que quiere decir universal.

Esta parábola nos invita a mirar cómo el Reino de Dios va madurando a través de toda la historia humana.

Jesús nos habla de un juicio... La espera de un juicio de Dios sobre el mundo era un elemento esencial de la predicación de los profetas. No debemos ver en ello un deseo de venganza de parte de las personas honradas que han sufrido el mal.

El saber con certeza que nuestra vida va a ser juzgada por Aquel que ve el fondo de los corazones, es una de las bases de la visión cristiana de la existencia. Comprendemos así la importancia que tienen las decisiones que tomamos día tras día y que van trazando como un camino hacia la verdad o un rechazo de la luz.

Esta certeza choca a muchos de nuestros contemporáneos, así como en el pasado asustaba a muchos hombres.

Por eso se han refugiado en creer en una serie de existencias después de la muerte, y que los pecados de la vida presente se pueden reparar en la siguiente. Se pone en duda la importancia de las elecciones que hacemos y desaparece el sentido del pecado junto con el de la presencia de Dios. Pronto se llega a dudar del valor único de nuestra vida y del valor único de la persona humana.

La semilla de la cizaña ha sido sembrada mezclándola con la del trigo. Las semillas del mal se confunden con las del bien. El mal no se presenta como mal, sino con apariencias de bien.

De lo contrario, sería rechazado de entrada.

Por eso tenemos que vivir en una vigilancia constante, para que en nuestras familias, en nuestro medio y en nosotros mismos no se arraiguen costumbres que parezcan inofensivas, pero que en el fondo son contrarias a la voluntad de Dios.

Vamos a pedirle hoy a María que siempre estemos atentos para dejar entrar en nuestros corazones, en nuestros hogares y en nuestro medio, solamente la buena semilla, y así poder participar un día en forma plena del Reino de Dios.

 

 

 

 

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HOMILÍAS

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