ABRIL 2019

 

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24).Ver Documento Completo

Humildemente y con valor debemos reconocer que estamos delante del misterio del mal, que se ensaña contra los más débiles porque son imagen de Jesús. Encuentro del Papa con los Obispos sobre el abuso de menores.  Ver Documento completo 

De las comunidades en las redes sociales a la comunidad humana es el tema escogido por el Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales para este año 2019, en el que invita a “reflexionar sobre el fundamento y la importancia de nuestro estar-en-relación; y a redescubrir, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el deseo del hombre que no quiere permanecer en su propia soledad”. Ver Documento completo

 

Hemos iniciado en la Diócesis el Año de los Adolescentes y Jóvenes, dispongamos el corazón para escuchar sus necesidades, confiemos en el Espíritu del Señor que nos iluminará para saberlos guiar y responder a sus inquietudes. También nosotros debemos ser camino para que los jóvenes encuentren al Salvador!

 

Cada año, en enero, allá por la fiesta de San Francisco de Sales, el Papa presenta el mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año se celebrará el 2 de Junio.

HIMNO DEL AÑO DE LOS JÓVENES

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Los jóvenes son la sal del mundo y la luz de la tierra y la Iglesia necesita de su participación para mantenerse viva y actual, por eso es súper importante que sepamos encaminar a nuestros hijos en la vida activa de la Iglesia

 

 

 

  LIBROS Y DOCUMENTOS DIOCESANOS

 

   

 

 INSTRUMENTUM LABORIS 

DOCUMENTO FINAL SINODO 2018

GAUDETE ET EXSULTATE

CHRISTUS VIVIT

 

 

 

CALENDARIO CATÓLICO

Dios es más joven que todos!

 

 

 

Lecturas del Domingo 14 de Abril de 2019

(Domingo de Ramos)

+ Lucas 22, 14-23, 56

 

He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi pasión

C. Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:

X «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios.»

C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:

X «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»

Haced esto en memoria mía

C. Luego tomó el pan,     Etc... Etc...

Reflexión

Hoy la Iglesia entera conmemora el Domingo de Ramos, que constituye la puerta de la semana santa. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén marca, en cierto sentido, el fin de lo que Jerusalén representaba para el antiguo testamento, y señala el principio de la plena realización de la nueva Jerusalén. Desde este momento Jesucristo insistirá sobre la destrucción de la Jerusalén terrenal, hablará de su juicio, de la que ha de ser la Jerusalén futura. De ella nacerá la Iglesia, ciudad espiritual que se extenderá por todo el mundo cual signo universal de la redención futura.

A lo largo de la historia de la Iglesia, la celebración de este domingo tuvo connotaciones diferentes. Desde el Siglo V y hasta el siglo X, en Roma, tuvo como tema central a la Pasión del Señor. En Jerusalén en cambio se celebraba el Domingo de Ramos, recordando la entrada triunfal de Jesús, y dando preponderancia a la procesión con la bendición de los ramos.

Actualmente ya no existen dos celebraciones separadas. Es verdad que existen la procesión y la misa pero son dos elementos de un todo. De hecho, ni la procesión tiene un final, ni la misa tiene un principio, pues la procesión desemboca en la misa, y esta no tiene un rito de entrada distintivo de la procesión. Se han integrado así dos tradiciones: la de Jerusalén y la de Roma

Por eso, la celebración de este domingo comienza con el rito de la bendición de los ramos. Sigue la lectura del Evangelio que relata la entrada de Cristo en la Ciudad Santa, y termina con la procesión o la entrada solemne. Se ha simplificado la bendición de los ramos, y se ha dado mucho más realce a la procesión, poniendo de manifiesto que no se trata tanto del simbolismo de las palmas, cuanto de rendir homenaje a Cristo, Mesías - Rey, imitando a quienes lo aclamaron como Redentor de la humanidad.

La procesión tiene como meta la celebración de la Eucaristía, ya que en ella se reactualiza el sacrificio de Cristo. La entrada de Cristo en Jerusalén tenía la finalidad de consumar su misterio Pascual. La liturgia de la misa insiste en los aspectos de la Pasión y de la Pascua.

Durante la procesión de este domingo, llevamos en las manos olivos como signo de paz y esperanza, porque en el seguimiento de Cristo, pasando nuestra propia pasión y muerte, viviremos la resurrección definitiva de Dios.

Después llevamos a nuestras casas los ramos bendecidos, como signo de la bendición de Dios, de su protección y ayuda. Según nuestra costumbre, se colocan sobre un crucifijo o junto a un cuadro religioso, y este olivo es un sacramental., es decir, nos recuerda algo sagrado.

Pero este domingo de ramos, muchas veces está demasiado marcado con el folklore del ramo bendito que se lleva como talismán contra toda clase de desgracias. El olivo queda entonces mucho más emparentado con la herradura o la cola de conejo que con el misterio de la salvación.

Por eso se da el contrasentido de que quien tiene algo más importante que hacer, encarga a quien va a la Iglesia que le traiga un ramo para protección de la casa. O de aquel que porque está apurado, después de la procesión, regresa antes de que termine la misa.

Es más o menos como se uno le pidiese prestado el anillo de casamiento a alguien que es feliz en su matrimonio, pensando que con eso superará las dificultades que tiene en el suyo.

El ramo que hoy llevamos a nuestras casas es el signo exterior de que hemos optado por seguir a Jesús en el camino hacia el Padre. La presencia de los ramos en nuestros hogares es un recordatorio de que hemos vitoreado a Jesús, nuestro Rey, y le hemos seguido hasta la cruz, de modo que seamos consecuentes con nuestra fe y sigamos y aclamemos al Salvador durante toda nuestra vida.

Jesús sale una mañana de Betania. Allí, desde la tarde anterior se habían congregado muchos discípulos suyos, llegados en peregrinación desde Galilea para celebrar la pascua. Otros eran habitantes de Jerusalén, convencidos por el reciente milagro de la resurrección de Lázaro, que recordamos el domingo anterior. Acompañado de esta numerosa comitiva, a la que se van sumando otros por el camino, Jesús toma una vez más el camino de Jericó a Jerusalén.

Las circunstancias se presentaban propicias para un gran recibimiento, pues era costumbre que las gentes saliesen al encuentro de los más importantes grupos de peregrinos para entrar en la ciudad entre cantos y manifestaciones de alegría. Jesús no presenta ninguna oposición a los preparativos de esta entrada jubilosa. El mismo elige la cabalgadura: un sencillo asno que manda traer de una aldea cercana.

El cortejo se organizó en seguida. Algunos extendieron su manto sobre el animal y le ayudaron a Jesús a subir encima. Otros, adelantándose, tendían sus mantos en el suelo para que el borrico pasase sobre ellos. Y al acercarse a la ciudad, toda la multitud llena de alegría comenzó a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto: Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el Cielo y gloria en las alturas!

Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un borrico, como había sido profetizado muchos siglos antes. Y los cantos de la gente son claramente mesiánicos. Esta gente llana, y sobre todo los fariseos, conocían bien estas profecías, y se manifiesta llena de júbilo. Jesús admite el homenaje, y a los fariseos que intentan apagar aquellas manifestaciones de fe y de alegría, el Señor les dice: Les digo que si estos callan, gritarán las piedras.

Con todo, el triunfo de Jesús es un triunfo sencillo. Se contenta con un pobre animal por trono.

Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes de marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se transformó, cinco días más tarde, en un grito enfurecido: ¡Crucifícale, crucifícale! Que diferentes son los ramos verdes y la cruz. Las flores y las espinas. A quien antes le tendían por alfombra sus propios vestidos, a los pocos días lo desnudan y se los reparten en suertes.

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén nos pide a cada uno de nosotros coherencia y perseverancia. Ahondar en nuestra fidelidad para que nuestros propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan.

Comencemos la Semana Santa con un nuevo ardor y dispongámonos a ponernos al servicio de Jesús. Tratemos de mantenernos con coherencia entre la fe y la vida.

Que nuestro grito de júbilo de hoy, no se convierta en el ¨crucifíquenlo¨ del Viernes.

Que nuestro ramos, que son brotes nuevos de propósitos santos, no se marchiten en la manos y se conviertan en ramas secas..

Caminemos hacia la Pascua con Amor

Por eso esta semana, vivamos la Semana Santa.

Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde la entrada a Jerusalén hasta la resurrección.

Vivir la semana Santa es descubrir qué pecados hay en mi vida y buscar el perdón generoso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación.

Vivir la Semana Santa es afirmar que Cristo está presente en la eucaristía y recibirlo en la comunión.

Vivir la Semana Santa es aceptar decididamente que Jesús está presente también en cada ser humano que convive y se cruza con nosotros.

Vivir la Semana Santa es proponerse seguir junto a Jesús todos los días del año, practicando la oración, los sacramentos, la caridad.

Semana Santa, es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para preguntarse en qué se está gastando nuestra vida. Para darle un rumbo nuevo al trabajo y a la vida de cada día. Para abrirle el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrirle el corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Cristo, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor.

Lecturas del Lunes 15 de Abril de 2019

(Semana Santa)

+ Juan 12, 1-11

Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales.

María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?» Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.

Jesús le respondió: «Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre.»

Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

Reflexión

Con la celebración del Domingo de Ramos, ayer entramos en la gran semana de la historia.

Cristo entró en la Ciudad Santa de Jerusalén, donde fue reconocido como el Mesías.

Exclamaciones de júbilo fueron oídas a su paso porque «los ciegos ven, los rengos caminan, los leprosos son curados, los sordos oyen y muchos oprimidos son liberados»

Mientras tanto, los jefes, tocados en su orgullo, maquinan la manera de prenderlo a traición, evitando el escándalo.

Jesús, consciente de todo, conocedor de lo que pasa en cada corazón, vislumbra la figura de la Cruz.

Jesús llega al Templo, y luego se retira hasta Betania acompañado de los doce. Allí, en casa de Simón el leproso, una mujer le ofrece al digno huésped un frasco de perfume. Este gesto es tomado como un derroche, pero Jesús lo aprueba diciendo que «a los pobres los van a tener siempre entre ustedes», a la vez que anuncia su muerte próxima.

Era costumbre de la hospitalidad de Oriente, honrar a un huésped ilustre con agua perfumada después de lavarse. Pero apenas se sentó Jesús, María, hermana de Marta y Lázaro, tomó un frasco de alabastro que tenía una libra de nardo puro. Se acercó por detrás de Jesús, ungió sus pies y los secó con sus cabellos.

Jesús agradeció esta acción de María.

En medio de tantas sombras como las que se le venían encima, este gesto debió de llegarle al corazón.

Esta mujer de Betania, demostró un gran amor por el Señor al no reservarse nada, ni para ella ni para nadie. El suyo fue un gesto de entrega sin reservas, de amistad, de ternura profunda por Cristo.

Ante las murmuraciones de Judas que hubiese pretendido vender el perfume para engrosar su bolsa, Jesús defiende a María y anuncia veladamente la proximidad de su muerte.

«Déjala, pues lo tenía reservado para el día de mi entierro. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre».

El Señor no niega el valor de la caridad y limosna que tantas veces recomendó; ni propicia la despreocupación por los pobres, pero desenmascara la hipocresía de aquellos que, como Judas, aducen motivos nobles para no dar a Dios el honor debido.

En estos días de Semana Santa, pidamos a María que nos enseñe a ser generosos con el Señor, a entregarnos a Él por entero y sin reservas, con nuestro corazón y nuestras obras, como hizo María en Betania.

Lecturas del Martes 16 de Abril de 2019

(Semana Santa)

+ Juan 13, 21-33. 36-38

Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará.»

Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.

Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús. Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere.» Él se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?»

Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato.»

Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer.»

Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto. Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres. Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.

Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: A donde yo voy, ustedes no pueden venir.»

Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?»

Jesús le respondió: «Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás.»

Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti.»

Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.»

Reflexión

Judas era uno de los doce,... uno de esos escogidos directamente por Jesús. Alguien que lo acompañó a Cristo durante los tres años de vida pública, oyendo su predicación y presenciando sus milagros. Y a pesar de haber recibido muestras extraordinarias de amistad por parte del Señor, lo va a entregar en manos de sus enemigos.

La caída de Judas es para hacernos temblar a todos, porque si Judas habiendo recibido tantas gracias, cayó, también nosotros podemos caer. Cualquiera de nosotros puede caer, porque somos débiles. Porque nuestra naturaleza es débil.

Es por eso que debemos estar prevenidos. Que no debemos descuidarnos. En el Padrenuestro pedimos a Dios que no nos deje caer en la tentación. Pero nosotros tenemos la grave responsabilidad de evitar ponernos en ocasión de ser tentados. Tenemos la grave responsabilidad de no arriesgarnos a desafiar a las tentaciones. De cortarlas en los primeros inicios.

Una vieja estrategia de defensa era poner las primeras murallas lejos de la ciudad, para que si eran pasadas por el enemigo, la población no quedase sin defensa.

Nosotros, para no caer en las faltas graves, debemos esforzarnos por evitar las pequeñas. Cortarlas de raíz sin esperar que crezcan.

Con seguridad que Judas no comenzó urdiendo la traición del Señor. Habrá empezado cediendo a la tentación de apropiarse de unas pocas monedas. Pero poco a poco fue consintiendo en cosas más graves, hasta llegar a la entrega de su Maestro.

A la luz de esta palabra del Evangelio, vamos a pedirle al Señor nos conceda la luz y la fuerza para descubrir nuestras debilidades, y la decisión de rechazarlas con firmeza, ni bien aparecen, y por más pequeñas e intrascendentes que nos resulten.

En este martes de semana santa, tratemos de mirarnos interiormente y descubrir si Jesús tiene motivos de quejarnos como se quejó de Judas. Si nos cabe la pregunta del Señor: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?»

Si nosotros, como Judas, hemos traicionado muchas veces al Señor?

Jesús murió por los pecados de todos. También por nuestros pecados, y cada vez que pecamos, estamos como Judas entregando a Cristo.

Por eso, si aún no lo hemos hecho, acudamos al sacramento de la Confesión antes del Domingo, para llegar a la Pascua reconciliados con Jesús. Recibamos el perdón del Señor por nuestras faltas, y hagamos propósitos de no ofenderlo más.

Lecturas del Miércoles 17 de Abril de 2019

(Semana Santa)

+ Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?» Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.

El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?»

El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará.»

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?»

El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!»

Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?»

«Tú lo has dicho», le respondió Jesús.

Reflexión

Por esos días, los sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en casa del sumo sacerdote Caifás y se pusieron de acuerdo en acabar con Jesús.

Coincidentemente, Judas tomó la decisión de traicionar al Señor. Afloraron los sentimientos oscuros y ocultos en su corazón y se dirigió a los magistrados para convenir el modo de entregarlo. Los judíos se alegraron, y para asegurarlo más convinieron en darle dinero: unas monedas siempre ayudan. Se pusieron de acuerdo en treinta siclos de plata, que era el precio de un esclavo en ese tiempo,... Y Judas quedó comprometido,... Solo faltaba la ocasión oportuna.

Según lo relata ya San Agustín, estos hechos ocurrieron el Miércoles Santo, fecha que hoy conmemoramos.

El móvil de la entrega de Judas no parece que fuera en primer lugar el dinero, pues éste lo ofrecieron los judíos del Sanedrín al conocer la decisión de Judas de traicionar a su Maestro. Y al día siguiente, Judas arroja en el templo esas monedas.

¿Qué fue lo que ocurrió en la conciencia de este apóstol?

Porque él fue elegido por Cristo mismo, después de una noche de oración. Estaba bien seleccionado. Tenía condiciones para ser uno de los Doce,... para ser una de las columnas de la Iglesia. No hubo error.

En los comienzos debió seguir a Jesús con verdadero fervor. Y probablemente hasta hizo milagros como los demás. Mucho más tarde, después de la Ascensión, Pedro recuerda que se contaba entre ellos y había recibido la dicha de participar del ministerio. Y vió también cómo sanaban los leprosos, como los ciegos recobraban la vista. Sobre todo, experimentó el amor de Jesús, su amistad y su confianza. ¿Qué pasó en su alma?

La traición de esa noche había tenido una larga historia llena de pequeños actos de desafecto y de avaricia. Un año antes ya se encontraba muy lejos del Maestro y de los demás, cuando Jesús dijo: «¿No los he elegido yo a los doce? Sin embargo, uno de vosotros es un demonio».

Y San Juan explica: «Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, pues éste, aun siendo de los doce, era el que le iba a entregar.»

Desde tiempo antes se hallaba ya distante de Jesús, aunque estuviera en su compañía. La ruptura con el Señor, el resquebrajamiento de su fe y de su vocación, debió producirse poco a poco, cediendo cada vez en cosas más importantes.

Permitió que su amor al Señor se fuera enfriando, y ya sólo le quedó un mero seguimiento externo, de cara a los demás. Su vida se convirtió poco a poco en una farsa.

Ahora ya no se acuerda de los milagros, de las curaciones. Ahora es un hombre desorientado, descentrado, capaz de cometer culpablemente, la locura que acaba de hacer. El acto que ahora se consuma ha sido ya precedido por infidelidades y faltas de lealtad cada vez mayores. Este es, sin duda, el resultado de un largo proceso interior.

Desde el momento del pacto con el Sanedrín, Judas andaba al acecho, esperando la ocasión oportuna. Pronto se le presentaría.

La meditación de esta escena nos deja muchas enseñanzas para aplicar en nuestras vidas. En estos días santos pidamos a María que nos ayude a ser siempre fieles al Señor en las pequeñas cosas, y que no aceptemos jamás las faltas de amor a Jesús, por más intranscendentes que nos parezcan.

Lecturas del Jueves 18 de Abril de 2019

(Semana Santa)

+ Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»

Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás.»

«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!»

Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte.»

«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»

Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos.» Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios.»

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.»

Reflexión

Hoy el Evangelio nos narra la última cena de Jesús con sus discípulos en la que Jesús instituye la Eucaristía, donde lava los pies de sus discípulos y donde les deja el mandamiento del amor; y durante la liturgia, se realiza el lavatorio de los pies.

Esto es un rito fuera de lo común para nuestro mundo de hoy, pero que por sí solo, ilumina toda la vida cristiana.

Jesús quiso enseñarnos a todos nosotros, la actitud de servicio y de humildad que debemos tener todos los cristianos.

Lavar los pies a otros era un signo de cortesía y de hospitalidad, en esos lugares donde los caminos resecos y llenos de polvo lo requerían.

En general era una tarea reservada a los sirvientes, sin embargo, a veces el mismo dueño de casa lo hacía en forma personal, y siempre significaba sumisión y hasta humillación por parte de quien lo realizaba.

Y cuando Jesús lo hace, nos está dejando un legado completo sobre la manera en que debemos comportarnos con los que nos rodean.

Lavamos los pies del prójimo cuando nos acercamos a dar una mano a quien lo necesita,... cuando escuchamos sus problemas.

Lavamos los pies del prójimo cuando no mezquinamos nuestro tiempo para visitar a un enfermo, a un anciano.

Y cuando lo hacemos, aunque en nuestra sociedad de hoy sea un gesto que nadie valore e incluso que cause burla o crítica, estamos siguiendo las enseñanzas del Señor.

Sigue diciendo el Evangelio que Jesús tomo el pan, lo partió y lo repartió a sus discípulos diciendo: Tomad y Comed todos de él, porque este es mi cuerpo que será entregado por ustedes..... Hagan esto en memoria mía.

Jesús, en esta última cena con sus discípulos instituye la Eucaristía como Sacramento y el Sacerdocio.

Cada vez que en la misa, el sacerdote repite estas palabras de consagración, Jesús se hace presente en esa hostia consagrada y en el vino consagrado, en cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Jesús quiso así quedarse entre nosotros para ser nuestro alimento.

Lecturas del Viernes 19 de Abril de 2019

(Semana Santa)

+ Juan 18, 1-19,42

Se apoderaron de Jesús y lo ataron

C. Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó:

X «¿A quién buscan?»

C. Le respondieron:

S. «A Jesús, el Nazareno.»

C. Él les dijo:

X «Soy yo.»

(Texto cortado)

Reflexión

Hoy, Viernes Santo, hagamos el propósito de vivir con la mayor devoción y amor, el día de la muerte de Jesús, Nuestro Redentor.

En un día como hoy, hace casi dos mil años, Jesús fue clavado en la Cruz.

Toda su vida estuvo dirigida a este momento supremo.

Ahora apenas logra llegar, exhausto, a la cima del Calvario. En seguida lo tienden sobre el suelo y comienzan a clavarlo en el madero. Introducen los hierros, primero en las manos, con desgarro de nervios y carne. Luego es izado hasta quedar erguido sobre el palo vertical que está fijo en el suelo. Entonces le clavan los pies. María, su Madre, contempla toda la escena.

El Señor está firmemente clavado en la cruz. Había esperado en ella muchos años y aquel día se iba a cumplir su deseo de redimir a los hombres. La cruz, que hasta ese momento había sido un instrumento infame y deshonroso, se convertía en árbol de la vida y escalera de gloria. Una honda alegría le llenaba al extender los brazos sobre la cruz, para que supieran todos que así de abiertos tendría siempre los brazos para los pecadores que se acercaran a Él.

Jesús está clavado en la cruz. A su alrededor hay un espectáculo desolador. Algunos pasan y le injurian. Los príncipes de los sacerdotes, más hirientes, se burlan,. Y otros, indiferentes, miran el acontecimiento. Muchos de los que lo rodean, lo habían visto hacer milagros.

No hay reproches en los ojos de Jesús. Solo piedad y compasión.

Le ofrecen vino con mirra. Jesús lo probó por gratitud al que se lo daba, pero no quiso beberlo para apurar el cáliz del dolor.

Se pregunta y responde San Agustín: ¿Porque tanto padecimiento? Todo lo que padeció es el precio de nuestro rescate. No se contentó con sufrir un poco: quiso agotar el cáliz, sin reservarse nada para que aprendiéramos la grandeza de su amor.

La crucifixión era la ejecución más cruel y degradante que se conocía en la antigüedad. Un ciudadano romano no podía ser crucificado. La muerte sobrevenía después de una larga agonía.

Desde los tiempos de los apóstoles hasta nuestros días muchos son los que se niegan a aceptar a un Dios hecho hombre que muere en un madero para salvarnos: el drama de la Cruz sigue siendo motivo de escándalo para los judíos y locura para los gentiles. Desde siempre, y ahora también, ha existido la tentación de desvirtuar el sentido de la Cruz.

El amor de cada cristiano al Señor necesita del conocimiento completo de su vida, y también de este capítulo de la Cruz. En ella se consuma nuestra Redención. En ella encuentra sentido el dolor humano. En ella conocemos la malicia del pecado y el amor de Dios por cada hombre. No quedemos nunca indiferentes ante un Crucifijo

Los frutos de la Cruz no se hicieron esperar. Uno de los ladrones, después de reconocer sus pecados, se dirige a Jesús: «Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino». Le habla con la confianza de ser compañero de suplicio. Para convertirse en discípulo de Cristo este ladrón no ha necesitado ningún milagro. Le bastó contemplar de cerca el sufrimiento del Señor. Son muchos los convertidos al meditar los hechos de la Pasión recogidos en los Evangelios.

Escuchó el Señor aquella voz que le reconocía como Dios: «Yo te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso»

Muy cerca de Jesús está su Madre. También está allí Juan, el más joven de los Apóstoles. «Jesús viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.»

Jesús, después de darse a sí mismo en la Última Cena, nos da ahora lo que más quiere en la tierra, lo más preciado que le queda. Le han despojado de todo. Y Él nos da a María como Madre nuestra.

.... Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:

«Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿porque me has abandonado?

Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:

«Tengo sed»

Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús sorbe el vinagre, y exclama:

«Todo está cumplido»

El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama el Señor con una gran voz:

«Padre, en tus manos encomiendo mí espíritu»

Y expira.

.... Ahora ha pasado todo. Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros, y su muerte nos ha rescatado.

... Pidamos a María, ella que permaneció junto a Jesús durante la Crucifixión, que nos ayude a no separarnos nunca de su Hijo y a amarlo cada día más.

Lecturas del Sábado 20 de Abril de 2019

(Vigilia Pascual)

+ Lucas 24, 1-12

El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes.

Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite.»

«Y ellas recordaron sus palabras. Regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas.

Pero todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían. Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido.

Reflexión

Si morimos con Cristo, viviremos con Él. (Rom 6, 5). La cruz de Cristo es el árbol fecundo del que brota nueva vida. Quien sabe acompañarle hasta el Calvario, goza también de la gloria de su resurrección. De la cruz y del santo sepulcro, brota la luz de un nuevo amanecer. El fuego que Cristo vino a traer al mundo vuelve a arder con todo su calor.

«La paz esté con ustedes», «no tengan miedo».. En varias ocasiones el Evangelio nos refiere estas palabras en los labios de Cristo resucitado. Es un impulso a la confianza y a la seguridad. Él ha vencido a la muerte y nos promete que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos. Ya no hay espacio en nuestra vida para los temores. En palabras de San Pablo: «Si Él está con nosotros, ¿quién contra nosotros? « (Rom 8, 31) Y en labios de santa Teresa: «Quien a Dios tiene, nada le falta».

Los apóstoles vencieron el miedo que la sombra del Calvario proyectó sobre sus vidas. El misterio pascual debe llenarnos de estos mismos frutos de paz y confianza. Como las mujeres que recibieron el anuncio de la resurrección, vayamos a proclamar con la alegría de una vida cristiana auténtica, que Cristo no está muerto, ha resucitado y vive con nosotros.

Meditación del Papa Benedicto XVI

Al igual que antes, junto al sepulcro, también ahora aparecen dos hombres vestidos de blanco y dirigen un mensaje: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse». Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. La fe en el retorno de Cristo es el segundo pilar de la confesión cristiana. Él, que se ha hecho carne y permanece Hombre sin cesar, que ha inaugurado para siempre en Dios el puesto del ser humano, llama a todo el mundo a entrar en los brazos abiertos de Dios, para que al final Dios se haga todo en todos, y el Hijo pueda entregar al Padre al mundo entero asumido en Él. Esto implica la certeza en la esperanza de que Dios enjugará toda lágrima, que nada quedará sin sentido, que toda injusticia quedará superada y establecida la justicia. La victoria del amor será la última palabra de la historia del mundo. Como actitud de fondo para el «tiempo intermedio», a los cristianos se les pide la vigilancia. Esta vigilancia significa, de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas tangibles, sino que levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus urgencias. De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa.

 

 La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios. 

 

 

El camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

 

 

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